El lunes en la tarde me llamó el fiscal Marcos Pastén (de la Fiscalía Metropolitana Occidente) para que nos juntáramos. A mí eso no me pareció raro, sino algo natural, porque siempre lo hacemos así cuando nos piden a la municipalidad colaborar en algún procedimiento. Pero esta vez, ya reunidos, él me dijo que iban a aumentar mi resguardo policial. Yo, por seguridad, debido a anteriores amenazas, ya utilizaba dos PPI (Protección de Personas Importantes) que andaban conmigo para todos lados. El fiscal me comentó que ahora serían cuatro. Obviamente pregunté por qué.
Entonces, él me lo dijo: que a propósito de una escucha activa de otra investigación que no tenía nada que ver conmigo, dentro de esas conversaciones se oye que había un plan para matarme, que se había pensado un atentado en contra mío el 17 de septiembre, día del desfile que hacemos todos los años en San Bernardo para Fiestas Patrias.
En los quince minutos que duró esta reunión, en la cual estuvimos solos los dos, el fiscal no me explicó mucho más. Más bien me dejó entrever que era por mi cuidado y que por eso me iban a resguardar. Lo que sí me pidió fue reserva con la información.
Inicialmente, para ser franco, no le di mayor importancia al tema; como que lo encontré normal: yo, desde el 2022, he recibido siete amenazas desde distintas asociaciones ilícitas; entonces vas creando como cuero de chancho y vas normalizando cosas que no son normales… como que cada amenaza es una raya en el agua, como si parte de tu trabajo fuera que te amenacen por hacer cosas (que, en su caso, van desde fiscalizaciones al comercio informal hasta recuperar espacios tomados por actividades ilegales).
Le agradecí al fiscal la deferencia de avisarme. Sentí inmediatamente que su advertencia me estaba salvando la vida. Y como soy una persona muy creyente también, le he dado gracias a Dios.
El shock me llegó cuando me subí a la camioneta para volver a la municipalidad. Mi PPI me dijo que acababa de llamar el coronel para contarle del refuerzo del equipo. Me quedé pegado mirando por la ventana. Y me acordé de una situación que para mí fue muy angustiante: cuando encontramos el cuerpo de Krishna Aguilera (en octubre de 2025, después de 22 días de búsqueda), enterrado en esa fosa común cerca del Cerro Chena. Se me vino eso a la mente. Me empezaron a temblar las piernas por el temor de pensar que yo podía aparecer en esa fosa. Esa fue la sensación que tuve.
Me vinieron ganas de vomitar.
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Mi papá es profesor de Historia. Yo también soy profesor, pero de Biología y Ciencias Naturales. Soy el mayor de cuatro hermanos, todos hombres. El que me sigue es profesor de Inglés; otro es sicólogo; el otro es de la Fuerza Aérea.
En octubre cumpliré 42 años y soy socialista desde los 20. Empecé a militar en la universidad (la Católica de Valparaíso), donde fui presidente del centro de alumnos del Instituto de Biología. El socialismo fue algo que heredé de mi bisabuelo paterno, Alfredo White, quien trabajó en la Maestranza acá en San Bernardo y era un militante muy activo. Mi abuelo también fue simpatizante del partido. De ellos dos viene mi compromiso. Mi papá, en cambio, es más apolítico; aunque sus opiniones están más colegiadas con el PPD.
Lo de mi nombre todo en inglés ha sido una bendición y una maldición. Una bendición porque es poco usual. Pero a la vez la gente piensa que se va a encontrar con un gringo, y mis facciones están lejos de eso: creo que más bien, por el lado materno, son medias árabes. Siempre la talla común era que yo fuera Christopher White y, en el fondo, morenito. En todo caso, los genes White son de Irlanda del Norte; mi tatarabuelo vino a Chile cuando empezaron a llegar aquí las locomotoras a vapor. Aunque a nosotros fue mi mamá la que nos puso los nombres. A mí me puso Christopher por Christopher Reeve, el actor de Superman.
Llegué a vivir a San Bernardo cuando tenía cinco años, a la población Roberto Lorca. Conozco bien la comuna. En 2012 fui electo concejal. En ese tiempo, ya siendo autoridad, se veían ya algunos grupos malulos, pero no teníamos ninguna visión o capacidad de pensar que alguna vez íbamos a tener el nivel de violencia que existe hoy. Eso se empezó a ver, diría yo, antes incluso del estallido social, con el tema de los fuegos artificiales en las noches. Ese fue el primer síntoma, y se percibía con mayor fuerza en 2016, 2017. Después esos fuegos artificiales se empezaron a mimetizar con balas y luego empezaron a pasar cosas más seguidas y cada vez más crueles.
Ya como alcalde (su primer periodo comenzó en 2021, el segundo en 2024) empecé a pisar callos. Mi primera amenaza de muerte fue por darle la pelea a los ambulantes que se tomaban el centro de la comuna, igual como lo hacen en Meiggs. Fue una pelea dura.
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Cuando el lunes, después de la reunión con el fiscal, llegué a la municipalidad, tuve que ir directo al baño. Me acuerdo que vomité, también lloré. No sabía cómo contarle a mi familia. Pero traté de hacerme el fuerte. En mi casa, la que me puso los pies en la tierra fue mi esposa, mi compañera. Ella me dijo lo que era lógico decirme: que no me habían mandado un mensaje por Facebook ni me habían tirado un papelito, sino que un fiscal me había contado de un plan para matarme, y que eso ponía al límite no sólo a mi familia, sino también a mi equipo, a quienes me rodeaban. Y que entonces alguien debía garantizarme no sólo dos personas más cuidándome a mí, sino una estrategia de seguridad para los demás también.
Yo ahí traté de aterrizar. Pensar en qué podía hacer. Esa noche llamé al ministro de Seguridad, con quien cuatro días antes habíamos estado juntos en San Bernardo y habíamos tenido una muy buena conversación. Lo llamé esperando una disposición suya a reforzar el cuidado de las personas que me rodeaban. Pero no sé si a lo mejor lo pillé en un mal momento o en otra conversación, pero sentí que él me trató de plantear que, a propósito de esta situación, tratara de bajar un cambio para no exponerme tanto... Cuando terminé de hablar con el ministro, sentí un vacío, como una corriente helada que bajó por mi espalda. Porque me sentí solo.
Esa noche, esa madrugada, fue una tortura. En medio de la soledad que sentía, en mi cabeza rondó la idea de renunciar. Dormí muy poco. Despertaba transpirando. Diría que estaba con crisis de pánico, me daba taquicardia. Nunca había tenido antes algo así.
Durante la madrugada, dentro de mis pensamientos y de la obsesión, empecé a mirar noticias, a revisar cosas, y estaba la noticia de la captura de este famoso Indio Juan. Y allí salían especulaciones de que este tipo estaba vinculado al crimen organizado en San Bernardo. Ahí entonces yo infiero que era la persona de los mensajes que habían escuchado.
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El martes, como todos los martes, me pasaron a buscar a las 6 de la mañana para ir al gimnasio. Ahí traté de botar un poco de tensión, de respirar profundo. Me fui a la municipalidad a las 7.30, tomé desayuno, me duché. A las 8 partí con una actividad: recibir a cerca de 20 funcionarios que habían ganado un concurso que habíamos organizado. Regresé a mi oficina. Sentí una taquicardia muy fuerte. Tenía concejo municipal a las 10, pero así como me encontraba no iba a poder estar. Entonces le pedí al chofer que me llevara a la clínica (la Indisa de Maipú), pensando en que allí me pudieran dar algo para tranquilizarme y dormir un poco.
El doctor que me vio allí me preguntó si quería que me hospitalizara. Le dije que por ningún motivo; yo sentía que tenía que volver. Había salido de la municipalidad sin decirle nada a nadie y sin mucha claridad. Entonces habían empezado las especulaciones: que había ocurrido un atentado contra el alcalde, que me habían hecho algo, etc. Yo quería hablar con mi equipo para contarles lo que estaba pasando.
Salí de la clínica como las 3 de la tarde. Me fui a mi casa, en San Bernardo, y ahí pude dormir harto ya que me habían puesto algo para relajarme. Apagué el teléfono.
El miércoles me lo tomé como día administrativo. No fue una licencia médica, como se ha dicho. Y lo que hice ese día fue irme a la casa de un amigo, porque ya había muchas personas que querían ir a saludarme debido a que el tema se había difundido por redes sociales. Hasta allá llegó el ministro Arrau, como a las 5 de la tarde; también alcaldes, medios de comunicación. Con mi equipo decidimos que era mejor no estar en mi casa y así proteger la privacidad de mi domicilio.
Fue una montaña rusa de emociones. El lunes en la noche había sido como de soledad, de abandono, de muchos sentimientos encontrados. Pero el miércoles fue como una sensación de apoyo y de energía, que me empezó a reactivar. Que haya venido el alcalde Agustín Iglesias (Independencia), que es completamente distinto a mí. O el alcalde Tomás Vodanovic (Maipú) , o la Karina Delfino (Quinta Normal), la Claudia Pizarro (La Pintana). Personas que también han enfrentado cosas complejas. Y tantos mensajes recibidos de personas distintas. Fue muy emotivo, la verdad. En algún momento del día le pedí el baño a mi amigo y me fui a llorar, pero esta vez de alegría, de emoción.
La frase que más me hizo llorar me la mandó un vecino. Decía: ‘Alcalde, no se olvide que la valentía es contagiosa’.
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El jueves, cuando ya estaba de vuelta en la municipalidad, llegó el Presidente Kast. Entró con el delegado presidencial regional, Germán Codina, con quien he tenido una muy buena relación en este tiempo. También con la delegada presidencial de la provincia y con el Subdere. Pero yo le dije al Presidente que quería hablar con él en privado, una conversación uno a uno. Esa parte fue como incómoda.
Ya a solas, le comenté de la decepción y el camino equivocado que debemos tratar de evitar en el futuro cuando alguien está peleando para que las cosas mejoren y percibe como respuesta esa sensación de abandono que yo había sentido. Le comenté lo del ministro Arrau, quien el día anterior me había dicho que probablemente lo que él me dijo al teléfono la noche del lunes no había sido en los mejores términos y que quería corregirlo, ya que entendía que no podía decir que nos escondiéramos, sino lo contrario: que hay que enfrentar las cosas. Pero yo no me quise quedar en esa polémica, entiendo que a veces uno puede tener frases desafortunadas.
El Presidente respondió con empatía. Porque además él fue diputado por este distrito durante 12 años. Conoce muy bien los barrios, las historias. Yo le hablé de los lugares donde tenemos problemas, de la muerte de los niños que hemos tenido, de toda la desgracia que nos ha tocado enfrentar en San Bernardo. Desde ese espíritu, yo le decía: ‘Presidente, mire, nosotros somos adversarios, pero no enemigos; y usted es el llamado a convocar a esa conversación en esos términos’.
Entonces le hice la invitación.
Le dije: ‘Acompáñeme el 17 de septiembre al desfile cívico militar que nosotros todos los años hacemos acá en Fiestas Patrias, y que usted lo conoce mejor que yo’. En el fondo, le dije que pongamos el pecho a las balas juntos. Ese era el lugar y la fecha donde supuestamente iba a ocurrir el plan en contra mío. Le conté que algunas personas ya me estaban diciendo que mejor suspendiera esta cuestión, que para qué desafiar a estos tipos. Y le decía al Presidente: ‘Yo no puedo hacer eso… Mejor enfrentémoslo juntos y demos una señal potente’.
Me respondió que iba a venir. Llamó a la asesora que andaba con él y le dijo que me iba a acompañar ese día. Tengo la confianza que va a cumplir su palabra.
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Yo ahora me siento bien. Siento que esto que ha sido para mí una tragedia al principio, ha sido también una tremenda oportunidad para poder visibilizar lo que vive diariamente mi comunidad. Llevo casi dos años instalando distintas cuñas o notas para mostrarle a la clase política que muchas veces el debate pareciera estar un poco extraviado de lo que realmente necesita la gente. Lo que yo estoy viviendo es la punta del iceberg, porque soy un privilegiado que anda con seguridad, pero mis vecinos no tienen ninguna posibilidad de eso y están en barrios donde Carabineros no tiene capacidad de respuesta y donde ni siquiera hay un toque de queda militar: lo que hay es el toque queda de un narco que pone las reglas y hace lo que quiere. Esa realidad la viven miles de personas diariamente.
Esta es una posibilidad también para decirle a la clase política que el crimen organizado ha avanzado a una velocidad tan grande que hoy día no tiene temor a cruzar la línea de asesinar a una autoridad política para demostrar poder. Esa es una línea roja sin retorno.
Obviamente mi vida es distinta hoy, porque cualquier cosa que haga la tengo que analizar con criterio. Desde ir a un territorio determinado, desde hacer las labores que me toca hacer. Eso no significa que no lo voy a hacer, sino que tenemos que revisarlo.
¿Qué lección personal saco de todo esto que ha ocurrido esta semana? Primero le doy gracias a Dios, porque ha sido una experiencia única que a lo mejor inicialmente fue difícil y dura, pero que al final del día es una oportunidad para tratar de que las cosas mejoren. Y a veces, para eso es necesario que los cimientos se muevan”.