En la entrada del Museo Mahoroba, en las profundidades suburbanas de la histórica ciudad japonesa de Nara, se alza una figura de cartón de Sanae Takaichi junto a una guirnalda de flores azul cobalto.
Leídas en una dirección, las letras plateadas de la guirnalda forman S-A-N-A-E-V: el nombre de pila de la primera ministra del país, “con una V adicional de victoria”, explica la recepcionista del museo. Leídas en la otra dirección, agrega, suenan como “Venus”. “La diosa”, añade.
Hay muchas personas en las localidades y pueblos cercanos donde creció Takaichi que piensan en ella en términos bastante parecidos. Millones de personas en todo el país ven a la primera ministra, que asumió el cargo en octubre pasado y obtuvo una victoria aplastante en las elecciones generales anticipadas de febrero, como una solución largamente esperada para los numerosos problemas de Japón.
Sin embargo, desde comienzos del verano (boreal), el pedestal de Takaichi parece más inestable y la percepción pública se ha vuelto más difícil de interpretar. Sus índices de aprobación siguen por encima de 50% —algo con lo que muchos líderes políticos solo pueden soñar—, pero suben en algunas encuestas y caen en otras. Japón parece no haber terminado de tomarle la medida a una mujer por la que votó como agente de cambio.
El veredicto de los mercados financieros ha sido menos ambiguo. Esta semana, una ola de ventas de los bonos soberanos japoneses de referencia a 10 años llevó sus rendimientos, que se mueven en sentido inverso a los precios, a su nivel más alto en tres décadas, de 3%.
Gran parte de ello, dicen los economistas, refleja interrogantes más profundos sobre los enormes planes de gasto de estímulo de Takaichi, la posible presión fiscal para un Japón fuertemente endeudado y sobre si, pese a sus garantías, la primera ministra se ha encaminado hacia una guerra con el mercado de bonos.
Su hiperactividad legislativa ha comenzado a chocar con los instintos más pausados de Japón, dicen dirigentes provinciales del gobernante Partido Liberal Democrático (PLD).
El nacionalismo arraigado de Takaichi, su compromiso de devolver a Japón a una era dorada y su deseo de asegurar la prosperidad del país a largo plazo son auténticos, dicen personas que la conocen desde hace décadas. Pero algunos cuestionan su enfoque y lo que consideran su opacidad y precipitación. Fue elegida como una figura anti-establishment, pero lleva 30 años en un partido que ha gobernado Japón durante casi todo el período de los últimos 70 años. Los votantes, los mercados financieros y los líderes empresariales aún no están seguros, dicen los analistas, de cuánto confían en esa combinación.
Quizás inevitablemente, las críticas más persistentes provienen del establishment al que los votantes creen que ella se opone. Los líderes empresariales se quejan de que están siendo ignorados. Los medios locales creen que los está eludiendo mediante el uso de X y las redes sociales. A los burócratas les molesta que rehúya las reuniones informativas presenciales y prefiera pasar interminables horas leyendo documentos.
Una inminente reorganización del gabinete plantea una prueba de alto riesgo para su habilidad a la hora de gestionar los conflictos internos del PLD. Los riesgos derivados de shocks externos están aumentando, como han demostrado la guerra de Irán y la creciente asertividad rusa en las islas Kuriles, cuya soberanía disputa con Japón.
Los críticos más duros de la primera ministra la ven como una populista al estilo de Donald Trump, que vende nostalgia y la ilusión de “hacer que Japón vuelva a ser grande” a una base electoral que vota movida por la desesperación, no por los sueños.
Sea cual sea la realidad, dicen los analistas políticos, Takaichi está encabezando un nuevo tipo de política japonesa, desafiando la narrativa de que el país no puede escapar de sus problemas permanentes: envejecimiento demográfico, bajo crecimiento y aversión al riesgo.
Tomohiko Taniguchi, presidente de Nippon Kaigi, un grupo sintoísta de línea dura que ejerce influencia dentro del PLD, que la reivindica como miembro y promueve cambios constitucionales, presenta a Takaichi como la arquitecta de la “revolución silenciosa” de la nación.
Su ideal personal es la infatigable Margaret Thatcher, conocida por dormir muy poco, quien derrotó a los patricios y, según sus partidarios, inyectó dinamismo a una economía intransigente mediante pura fuerza de voluntad. Las afirmaciones de Takaichi en redes sociales de que duerme entre cero y tres horas por noche son vistas por muchos no como un preocupante riesgo para la salud, sino como una prueba de admirable dedicación al deber.
“Cuando otros decían ‘Japón está de vuelta’, eran solo palabras”, dice Mei Chiba, barista de una cafetería en el distrito electoral de Takaichi. “Cuando ella dice ‘Japón está de vuelta’, le creemos”.
La máscara se resquebraja
Durante algunos meses después de la exitosa apuesta de Takaichi en las elecciones de febrero, que entregaron al PLD una inédita mayoría de dos tercios en la Cámara Baja, gobernó Japón con un aura casi olímpica.
Sus índices de aprobación estaban por las nubes. Su ética de trabajo y sus niveles de energía quedaron sintetizados en la promesa de “desechar mi equilibrio entre vida laboral y personal” durante el primer día de su mandato.
Una gran proporción del electorado japonés parecía convencida de que, al respaldar a una mujer de clase media provincial, proveniente de una familia sin tradición política, había votado por algo estimulantemente experimental: una figura ajena al establishment que ahora tenía un mandato para gobernar.
Takaichi también parecía capaz de manejar con aplomo la condición de Japón como potencia del G7. Desde noviembre, China ha mantenido una ofensiva diplomática inusualmente intensa contra ella, pero Takaichi se ha mantenido firme. Las cumbres de “diplomacia itinerante” con el Presidente surcoreano han sido inesperadamente cordiales. Incluso Trump, pese a su tendencia a convertir en víctimas a sus aliados cercanos, parecía estar tratando con mayor benevolencia al Japón de Takaichi.
Noriaki Ando, presidente de la Asociación de Nara para el Apoyo Apasionado a la Primera Ministra Sanae Takaichi, cree que Japón finalmente tiene a la política de convicciones de la que llevaba tanto tiempo privado.
“Cuando ganó, le envié un mensaje para decirle lo fantástico que era que se hubiera convertido en primera ministra, pero ella respondió inmediatamente: ‘La verdadera batalla comienza ahora’”, cuenta Ando. “Hay una frase que le he oído usar muchas veces: que la sociedad y el mundo que habitamos hoy son el futuro que alguien en el pasado luchó desesperadamente por proteger. Eso es lo que ella está haciendo ahora”.
Pero, mientras Takaichi se acerca a completar su primer año en el poder, la imagen olímpica comienza a resquebrajarse.
Una posible clave para comprender las vulnerabilidades que empiezan a aflorar surgió durante el verano (boreal), cuando terminaba el período de sesiones parlamentarias y comenzaban a asimilarse las consecuencias de su primera ofensiva legislativa posterior a las elecciones.
Desde fines de julio, su Gobierno llevó a cabo una intervención cambiaria de US$ 96 mil millones, coordinada con Washington, que tuvo visos de crisis. Desde entonces, el yen ha perdido más de la mitad de las ganancias que consiguió en ese momento. Esta semana, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, instó públicamente al Banco de Japón (BoJ, su sigla en inglés) a subir las tasas de interés de manera más agresiva.
Todo esto, dicen los analistas, subraya las vulnerabilidades permanentes que los mercados financieros generan para la administración de Takaichi y supone una prueba continua de si su receta es la adecuada para Japón.
El país se enfrenta a la realidad de que la tasa de política monetaria del BoJ seguirá subiendo desde su nivel más alto en 31 años y que los rendimientos del bono soberano japonés a 10 años han alcanzado un nivel que potencialmente podría desencadenar turbulencias financieras globales.
También se han hecho más visibles otras limitaciones a los planes de Takaichi para “activar agresivamente el interruptor del crecimiento”.
Donde ha sido más radical es en su compromiso de combatir la inflación, limitando los precios de la gasolina e impulsando un plan para reducir el impuesto al consumo de alimentos de 8% a 1%. Pero estas medidas han provocado tanto escepticismo por el riesgo fiscal como apoyo por el potencial alivio.
Aun así, algunos le conceden el beneficio de la duda y citan episodios recientes en los que Takaichi parece haber moderado su hostilidad inicial hacia las alzas de tasas del BoJ. “Puede que”, escribió Naka Matsuzawa, estratega macro de Nomura, en una nota dirigida a clientes globales, “esté desarrollando una mejor comprensión de la política monetaria”.
El énfasis de Takaichi en ayudar a los hogares japoneses a combatir la inflación revela una imagen mucho menos optimista que la retórica del “país hermoso” sobre la que ha construido su populismo, afirma Mieko Nakabayashi, cientista política de la Universidad de Waseda.
“Está ofreciendo soluciones de corto plazo a un Japón que, lamentablemente, ha cambiado. Después de años de una economía débil, estas políticas son para personas (...) que esperan obtener algún tipo de beneficio simplemente para poder sobrellevar la vida cotidiana”, dice Nakabayashi.
Las últimas semanas del Parlamento antes del receso, que incluyeron un controvertido cambio legal para ayudar a asegurar una sucesión imperial exclusivamente masculina y la penalización de la profanación de la bandera japonesa, golpearon inesperadamente sus cifras en las encuestas. Ninguna de las dos medidas pareció haberse llevado a cabo en beneficio de la gente común en tiempos extraordinariamente difíciles.
Jeff Kingston, cientista político de la Universidad Temple de Tokio, señala que, pese al amplio respaldo que inspiró durante las elecciones, el atractivo fundamental de Takaichi se concentra en la derecha del espectro político y entre los sectores de línea dura.
“La gente está empezando a darse cuenta de que ella no está reviviendo la esperanza”, afirma. “Eso fue lo que prometió en febrero, pero su optimismo está perdiendo fuerza. Como ocurrió con -su predecesor y mentor Shinzo- Abe, su carta ganadora es una oposición débil y dividida”.
Su base entre las mujeres, los votantes más jóvenes y quienes abandonaron pequeños partidos populistas está tambaleando. Los votantes de mayor edad temen que sus planes de gasto orientados al crecimiento amenacen los cimientos de su principal preocupación: la salud del sistema de seguridad social de Japón.
Para algunos críticos existen fragilidades evidentes en el estilo de gobierno autoaislado de Takaichi y, para otros, errores manifiestos de juicio en materia de rebajas tributarias, normas migratorias drásticamente más estrictas y una política industrial que contempla canalizar 370 billones de yenes (US$ 2,3 billones) de inversión pública y privada hacia 17 sectores de la economía.
“La sensación de que las cosas eran diferentes y dinámicas está desapareciendo”, dice Tobias Harris, comentarista político y biógrafo de Shinzo Abe. “Llegó al poder gracias al sentimiento, y eso tiene sus limitaciones. Vives de las vibras, mueres por las vibras”.
No obstante, Takaichi conserva una capacidad considerable para navegar exitosamente esta próxima fase. Sus índices de aprobación superiores a 50% son mucho más altos, a esta altura de su mandato, que los de la mayoría de sus predecesores, pese a haber descendido desde niveles aún mayores.
Koichi Nakano, cientista político de la Universidad Sophia de Tokio, considera que la caída era previsible. “Es una persona muy propia de su tiempo, porque vivimos en una economía de la atención y ella tiene la capacidad de conseguir que la gente siga prestándole atención”, afirma. Añade que buena parte de su apoyo público proviene de pertenecer a una generación que conoció a Japón en el apogeo de su poder y esplendor en los años ‘80 y que hoy siente nostalgia y resentimiento por ser mirada en menos, especialmente por China.
La primera ministra ha pasado más de 30 años dominando al notoriamente cambiante e ideológicamente maleable PLD. Ahora, gracias a su enorme mayoría parlamentaria y a las filas de diputados que le deben sus escaños, podría tener una oportunidad real de consolidarlo como un bloque más claro y definido ideológicamente.
Pero eso probablemente solo ocurrirá si los miembros de su partido continúan viéndola como una ganadora electoral segura y si los mercados financieros no socavan su plan para Japón por su propia falta de confianza en él.
Un Toyota Supra
Los próximos meses plantean varias pruebas para Takaichi. La primera exige que trace un rumbo creíble a través de las paradojas de su agenda económica.
Quiere gastar para impulsar el crecimiento y que el banco central se acomode a ello en lugar de elevar los costos de endeudamiento. Este año, es probable que sus ministerios formulen solicitudes sin precedentes. El lunes, el Ministerio de Defensa solicitó cerca de US$ 56 mil millones para el año fiscal que comienza en abril, un presupuesto que se espera que aumente aún más mientras Takaichi se prepara para anunciar una nueva expansión militar más adelante este año.
Al mismo tiempo, necesita demostrar que está combatiendo el creciente costo de vida, pese a que el BoJ respalda cierto nivel de inflación. Todo lo que haga a estas alturas, dicen los traders, será puesto a prueba no solo por la opinión pública, sino también por un mercado de bonos atento y nervioso. Todos los anteriores primeros ministros del PLD han evitado incluso una escaramuza menor en ese frente, y mucho más una batalla como la que implican los planes de gasto de Takaichi.
Otro asunto es la prolongada disputa de Japón con China. El congelamiento de las relaciones, que ya dura 10 meses, comenzó cuando Takaichi, apenas días después de asumir el cargo, dijo que Japón podría teóricamente involucrarse militarmente si China entrara en guerra con Taiwán. Editoriales cada vez más extremos en los medios chinos acusan a Takaichi de planear una remilitarización neoimperial de Japón.
Este nivel de frialdad entre Japón y su mayor socio comercial ha supuesto un problema para las empresas japonesas. Pero la negativa de Takaichi a retroceder ha complacido a su base electoral.
El verdadero costo de la obstinación de Takaichi y una prueba potencialmente severa para su postura, dicen los analistas, podrían surgir de una cumbre prevista entre Trump y Xi Jinping a fines de septiembre.
La posición actual de Takaichi está respaldada, en la práctica, por la hostilidad entre Beijing y Washington. Si Trump y Xi se acercaran a algún tipo de gran acuerdo y el respaldo estadounidense a Japón pasara a percibirse como una prioridad menor, Takaichi podría enfrentar una enorme presión interna para cambiar de rumbo.
También debe lidiar con la determinación de la administración Trump de desmantelar la Corte Penal Internacional, la organización con sede en La Haya de la que Japón es el mayor contribuyente y que está encabezada por una jueza japonesa, Tomoko Akane.
Cuando Washington impuso sanciones directas a Akane en agosto, la reacción inicial de Takaichi fue describir la medida como “muy lamentable”. Esto provocó fuertes críticas, tanto dentro como fuera del país, que acusaron a Takaichi de mostrarse débil. En respuesta, dijo a los periodistas que la medida era “incompatible con la posición de Japón y nos la tomamos extremadamente en serio”.
La situación, dicen altos funcionarios, ilustra perfectamente la delgadísima línea que Takaichi está recorriendo en su relación con el aliado más importante de Japón.
En su agenda también figura una reorganización del gabinete cargada de riesgos, que se espera para algún momento de las próximas dos semanas.
Debe mantener de su lado al exprimer ministro y líder de facción Taro Aso y asegurarse de que sus propios leales permanezcan en posiciones desde las que puedan seguir impulsando su agenda, al mismo tiempo que mantiene bajo control a quienes podrían desafiarla en las elecciones presidenciales del PLD de septiembre del próximo año.
Gran parte dependerá de la capacidad de la primera ministra para transmitir su mensaje. Desde el inicio mismo de su mandato, Takaichi ha roto muchas de las convenciones establecidas por sus predecesores, como demuestra su aversión a las reuniones con altos empresarios y burócratas.
También ha reducido sus reuniones con los medios a una fracción de las que mantenían sus predecesores. Un periodista de alto rango que la conoce bien dice que no confía en la prensa y que no está segura de su capacidad para lidiar con ella de una manera que preserve su imagen pública. Intercambia mensajes de texto con algunos periodistas de alto rango, pero, como señala un destacado comentarista, la mayoría de los mensajes de la primera ministra son peticiones para que haya menos críticas.
Hace todo esto, sostiene Tetsuro Kobayashi, cientista político de la Universidad de Waseda en Tokio, porque ha identificado correctamente un cambio importante en Japón. “Takaichi ha descubierto que mientras más anti-establishment se muestra, más apoyo recibe”, afirma. “Pero es una posición precaria. Tiene que parecer anti-establishment cuando, en realidad, ha formado parte de un partido político del establishment durante toda su carrera”.
Kobayashi añade que la apuesta podría seguir funcionando. “Los detalles de sus tuits no importan. Su apoyo proviene de los sentimientos que inspira”. Pero advierte: “En realidad, es bastante superficial”.
En Nara, detrás de la guirnalda azul cobalto y la Takaichi de cartón, se encuentra la joya del Museo Mahoroba: el Toyota Supra blanco de 1991 restaurado que la primera ministra conducía en sus viajes a Tokio durante sus primeros años como diputada. La placa señala que esos largos trayectos eran necesarios porque el trabajo hasta altas horas de la noche hacía que la joven Takaichi perdiera a menudo el último tren de regreso a las provincias.
“Cuando se convirtió por primera vez en primera ministra, teníamos más de 600 personas al día visitando este museo para mirar el auto y tomarse fotografías junto a él. Hoy está menos concurrido”, dice la recepcionista, mientras señala al único visitante del museo, que ni siquiera se ha detenido frente al Supra.