Imaginemos que hay un planeta muy similar a Júpiter dando vueltas alrededor de la zona habitable de Alfa Centauri A, la estrella principal del sistema estelar homónimo más cercano a la Tierra, a sólo cuatro años luz de distancia. Imaginemos también que ese gigante gaseoso tiene una luna, y que esa luna se parece a Pandora, el mundo de la película Avatar, de James Cameron. Y, por último, que tiene su propio cielo y su propia vida.
Nadie sabe si existe de verdad. El telescopio James Webb, de la NASA, captó algo ahí hace un tiempo, de forma marginal. Fue una señal débil que podría ser el planeta o podría no serlo, y años antes hubo otro indicio parecido desde el observatorio de Paranal, en pleno desierto de Atacama.
Confirmar si ese planeta existe -y todo lo vinculado a Alfa Centauri- es, desde hace más de una década, la obsesión del ingeniero Eduardo Bendek, el chileno más encumbrado dentro de la NASA. Y, desde la próxima semana, podría estar cada vez más cerca de conseguir respuestas inéditas.
Este domingo, si el clima, la tecnología y la ciencia lo permiten, despegará desde el Centro Espacial Kennedy, en Florida, la misión en la que trabajó por años para intentar responder esa y muchas otras preguntas. Se llama telescopio espacial Nancy Grace Roman, costó cerca de US$ 4.300 millones y viajará a bordo de un cohete de SpaceX.

“Estoy feliz, con mucho estrés y ansiedad”, dice de entrada Bendek desde Estados Unidos, días antes del lanzamiento.
Eclipse en miniatura
El telescopio que la NASA lanzará este domingo empezó como un satélite espía. A fines de los ‘90, la Oficina Nacional de Reconocimiento de Estados Unidos -la agencia que opera los satélites de inteligencia del país- desarrolló un programa de telescopios orbitales para vigilar a sus adversarios militares. Pero por distintas razones el proyecto terminó cancelado en 2005. Sin embargo, parte del hardware ya estaba construido, entre ellos espejos especiales que son clave para este tipo de construcciones.
Varios años después, en 2012, la agencia se los ofreció a la NASA sin ninguna condición. Y aceptaron.
Eduardo Bendek estaba en la agencia espacial cuando empezó a tomar forma la pregunta de qué hacer con esos espejos. “Un profesor me invitó a un meeting en Princeton para discutir qué se podía hacer con estos telescopios”, recuerda.
De esa reunión salió el diseño que hoy se conoce como el telescopio espacial Nancy Grace Roman, bautizado en honor a la primera jefa de astronomía de la NASA, conocida como la “madre del Hubble”, uno de los telescopios espaciales más renombrados de la astronomía moderna. El proyecto avanzó lento durante más de una década, entre revisiones de presupuesto y cambios de prioridad en el Congreso estadounidense, que estuvo a punto de cancelarlo varias veces. “El Congreso cada año cambió los presupuestos y las prioridades”, describe el ingeniero chileno.

El telescopio terminó armado con dos instrumentos clave. Uno es una cámara de campo amplio que fotografía de un tirón un pedazo de cielo 100 veces más grande que el que capta el Hubble. El otro es un coronógrafo, un instrumento más chico y experimental que hace, según describe Bendek, “un eclipse en miniatura”. “Cuando tú observas un eclipse de sol, la luna se pone enfrente del sol y ahí puedes ver los detalles alrededor”, cuenta. “Pero para eso tuviste que poner algo entremedio. Eso hace el coronógrafo, pero en miniatura, y en vez de usar la luna usa una máscara microscópica”.
De Paranal a la NASA
Eduardo Bendek estudió ingeniería civil en la Universidad Católica, con un minor en astrofísica. Fue parte, recuerda, de la primera generación de ese minor en la universidad. Lo que realmente quería, describe, era construir cosas grandes. “Mi sueño era construir aviones, cohetes”.
Al terminar la carrera fundó junto a unos amigos una empresa de telecomunicaciones, Yx Wireless, que llegó a vender equipos en toda Latinoamérica. Era un Chile donde emprender todavía no estaba bien visto, recuerda Bendek: “En mi familia nadie estaba muy contento de que hiciera esto. Lo veían como un riesgo innecesario”.
Cuando la parte comercial del negocio dejó de interesarle, volvió a lo que le gustaba desde niño. Consiguió un puesto en Cerro Paranal, en el desierto de Atacama, y trabajó ahí cinco años. “Tenía la parte de naturaleza de estar outdoors ahí en el desierto, que es súper lindo, y por otro lado estar trabajando con la última tecnología europea en instrumentación astronómica”, cuenta.
Pero el trabajo en terreno siempre tiene fecha de vencimiento, dice. Por eso, cuando se aburrió por segunda vez decidió partir a hacer un doctorado en óptica a la Universidad de Arizona, 10 años después de haber salido del pregrado en la UC. Volver a la sala de clases no fue fácil, confiesa. “Se te ha olvidado todo el cálculo vectorial, toda la matemática más avanzada, entonces hay que empezar de nuevo”. Hoy, dice, que fue una de las mejores decisiones que ha tomado.
Parte de su tesis la financió la NASA, y ese vínculo le abrió la puerta a un programa postdoctoral en la agencia, justo cuando empezaba a definirse qué hacer con los espejos donados por la Oficina Nacional de Reconocimiento. Desde ahí Bendek empezó a moverse entre los distintos roles con que la NASA desarrolla tecnología. Uno es el de principal investigator, la persona que le propone un proyecto a la agencia y compite por financiamiento. “Le dices: ‘Tengo esta idea, necesito financiamiento para desarrollarla, y este es mi plan de trabajo’”, resume. “Es competitivo, hay un montón de gente postulando y la NASA elige los mejores proyectos”. Otro rol, agrega, fue construir los laboratorios donde esa tecnología se pone a prueba en condiciones de vacío, comprando y mandando a fabricar componentes que no existen en el mercado corriente.
En Roman, el rol que ocupó durante cinco años fue el de development manager: la persona que negocia con el proyecto qué hay que resolver, cuánto va a costar y cuánto se va a demorar, y después arma el equipo que lo ejecuta. “Finalmente entregas el pedazo de hardware que va a volar, para integrarlo en la nave espacial”, explica.
La servilleta
Dice Bendek que ver un planeta que está fuera del sistema solar es difícil porque no tiene luz propia y la estrella de al lado sí, con un brillo mil millones de veces mayor. Por eso, agrega, hay que tapar la estrella. El problema es que Alfa Centauri no es una estrella sola, sino dos que giran una alrededor de la otra. Por eso, si se tapa una la otra seguirá alumbrando. A ese problema el ingeniero chileno le dio vueltas desde su doctorado. “En ese tiempo era como ‘ya, cómo lo hacemos, qué inventamos’”, recuerda. En 2014, junto a su jefe, se le ocurrió una manera de tapar las dos estrellas a la vez. Lo dibujaron en una servilleta y lo llamaron Multi Star Wavefront Control. Por eso, entre otras cosas, la NASA le dio a Bendek la Medalla al Logro Tecnológico Excepcional en 2016.
Con la idea funcionando en el laboratorio, los dos propusieron mandar al espacio un telescopio hecho para mirar Alfa Centauri. Pero, explica Bendek, la NASA no siguió adelante porque era mucha plata para una apuesta que podía terminar en nada. “¿Qué pasa si no hay planeta? ¿Qué hacemos entonces?”, recuerda el ingeniero, y se ríe.
Así que metieron el invento dentro de un proyecto más grande que ya estaba tomando forma, que era Roman. Pasaron años de pruebas, primero en laboratorio y después en cámaras de vacío, hasta que el proyecto aceptó incorporarlo. Hoy, ese modelo que dibujaron en una servilleta va instalado en el telescopio que despega el domingo. “Va a ser la primera vez que esta tecnología va a volar”, describe.
Encuentro con Musk
Esta semana Bendek recibió en Silicon Valley a una delegación de emprendedores y parlamentarios chilenos y el jueves en la noche voló a Cabo Cañaveral, en Florida, donde está el Centro Espacial Kennedy. El domingo entrará a la base de la NASA a ver el lanzamiento con sus colegas, y el lunes y el martes, adelanta, tendrá un taller interno para revisar los primeros resultados. “Yo ya entregué mi hardware, ahora estoy observando más que operando”, dice. Eso sí, detalla, la cosa se volverá a poner interesante en un par de semanas más, cuando el telescopio esté estabilizado en órbita y empiecen las primeras pruebas.

Bendek lleva cerca de 15 años en la NASA. Hoy, según el propio sitio oficial de la agencia, lleva el cargo de científico óptico senior en el Centro de Investigación Ames de la NASA, ubicado en el corazón de Silicon Valley. Se doctoró en Ciencias Ópticas en la Universidad de Arizona con una beca Fulbright y pasó por el Laboratorio de Propulsión a Chorro en Pasadena. Es también de los pocos chilenos que han estado a solas con Elon Musk, dueño de Tesla y de SpaceX, la firma que la NASA contrató para lanzar el telescopio. De esa reunión, eso sí, no puede comentar más detalles.
Sin embargo, de Musk dice compartir, en parte, su filosofía espacial. “Yo apoyo 100% ir a Marte, colonizar el sistema solar y el cinturón de asteroides. Todo eso me parece espectacular”, opina. Discrepa, sin embargo, con lo que pasará en la Tierra mientras tanto. Ningún plan serio de terraformación, dice, termina en un Marte donde se pueda respirar sin traje. “Nunca Marte va a ser un lugar placentero”, alerta. “Yo sí quiero para mi hijo en el futuro un lugar placentero para vivir, donde pueda ir a la orilla de un lago, que sea verde, que esté descontaminado. Yo creo que la Tierra tiene que mantenerse como el Parque Nacional, que sea la joyita del sistema solar”.
Y remata: “Mientras industrializamos el resto del sistema solar, feliz”.
Qué más hará Roman
Mirar Alfa Centauri es un asunto lateral para este telescopio. El trabajo principal lo hará su otro instrumento, la cámara de campo amplio, que fotografiará franjas enormes de cielo.
Una de sus tareas es estudiar la materia oscura, una sustancia invisible que tiene peso pero no emite luz, así que ningún telescopio ha logrado verla. Se sabe que existe porque su gravedad afecta a las galaxias. Es cerca de un cuarto del universo y nadie sabe de qué está hecha.
El Roman también buscará planetas por otras vías. La NASA estima que podría revelar decenas de miles de mundos nuevos, incluidos algunos que vagan solos, sin ninguna estrella alrededor de la cual girar.