"Mi vida en el mar comenzó en Chile. Mi primera expedición fue a Rapa Nui cuando tenía tres meses. No lo recuerdo, por supuesto, pero siempre me ha encantado que mi historia de exploradora oceánica comience allí.
Nací en Los Ángeles en 1976; mi padre era francés y mi madre, estadounidense. Crecí entre París y Los Ángeles, y entremedio realizábamos expediciones y pasábamos los veranos en el sur de Francia. Mi abuelo, Jacques-Yves Cousteau, y mi padre, Philippe, exploraban el océano, rodaban películas y desarrollaban nuevas tecnologías. Fue una infancia poco habitual, pero feliz.
También estuvo marcada por la pérdida. Mi padre murió en un accidente aéreo en 1979, cuando yo tenía casi 4 años. Mi madre estaba embarazada de mi hermano menor, Philippe, y de repente se vio obligada a criar a dos hijos sola.
Lo que más le agradezco es que mantuviera a mi padre con nosotros. Se aseguró de que pasáramos todo el tiempo posible con mis abuelos y con la tripulación de mi padre, las personas que habían compartido sus aventuras y lo conocían de una forma que nosotros nunca podríamos. A través de sus historias llegamos a saber lo que había hecho y algo de cómo era: su sentido del humor, su curiosidad, su pasión por volar, su amor por el océano. Mi madre nos mantuvo cerca de ese mundo y nos dio la libertad de encontrar nuestro propio lugar allí. Ahora comprendo qué regalo tan extraordinario fue eso.

1979: La primera expedición en la vida de Alexadra fue en Rapa Nui, con sus padres.
En cierto modo, me he pasado toda la vida conociendo a mi padre, a través de sus películas, fotografías, las historias que cuenta la gente. Era una persona extraordinaria: buceador, cineasta, piloto, inventor y explorador que colaboró estrechamente con mi abuelo en muchas expediciones del Calypso.
Cuando pienso en mi padre, lo primero que me viene a la mente es todo aquello que nunca tuve la oportunidad de compartir con él: las conversaciones, las aventuras, las preguntas que le habría hecho.
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Hay una historia que significa más para mí que casi cualquier otra. Tras la muerte de mi padre, mi abuelo le escribió una carta. Se publicó en la bitácora del Calypso con el título En busca del arcoíris. Es una carta preciosa y profundamente personal que muestra una faceta de su relación que la mayoría de la gente nunca vio.
Empieza hablando del Mar Rojo en 1963, cuando mi padre se reunió con él en la aldea submarina del Conshelf II. Se pusieron el equipo de buceo y se sumergieron juntos en las cálidas aguas. Mi abuelo describe cómo tomó la mano de mi padre y le mostró el mundo que estaban explorando: las estructuras submarinas, los peces que se movían en la penumbra. Lo que me conmueve es que él lo recuerde como un momento de cercanía entre padre e hijo.
Hacia el final de la carta, recuerda una aventura que ocurrió años más tarde. Vuelan juntos en el Catalina, el hidroavión que mi padre había adaptado para la exploración oceánica. Mi padre está en los mandos y lleva a mi abuelo a una isla del Pacífico. Y mientras lo observa volar, mi abuelo se da cuenta de que sus papeles se han invertido. Él había guiado a su hijo bajo el mar. Ahora era su hijo quien lo guiaba por el cielo.
Describe cómo observaba el rostro de mi padre y veía su alegría y orgullo al poder devolverle algo a su propio padre. Y luego escribe sobre mi padre persiguiendo arcoíris en su avión, formas fugaces de un mundo mejor.

Jacques Cousteau junto a su hijo Philippe. Fueron estrechos colaboradores.
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Estudié ciencias políticas en la Universidad de Georgetown, en Washington. Fue la primera vez que salí de verdad del mundo de la exploración oceánica; y me encantó. Me fascinaron la política, los asuntos internacionales y la forma en que los gobiernos y las instituciones configuran nuestra relación con la naturaleza. Eso me enseñó que amar el océano no basta para protegerlo. Hay que comprender los sistemas políticos y económicos que determinan lo que ocurre con él.
Mi primer trabajo fue en el canal Natura en Barcelona: habían comprado los derechos de todas las películas de mi abuelo, como 120, y yo tenía que mirarlas y presentarlas en la televisión. Fue muy interesante, porque no las había visto todas. Fue una educación sobre la evolución del pensamiento de mi abuelo y mi padre.
De 2007 a 2009 viví en Costa Rica, trabajando en la conservación marina en toda Centroamérica. En 2008 fui nombrada Exploradora Emergente de National Geographic. En 2009 y 2010 dirigí la Expedición Blue Planet por seis continentes. Posteriormente, me adentré en la defensa y las políticas relacionadas con los océanos. Durante casi 15 años he sido asesora senior de Oceana, la mayor organización internacional dedicada exclusivamente a la conservación de los océanos.
Con el tiempo, una pregunta se apoderó de mí: ¿Y si pudiéramos recuperar la abundancia del mar que conoció mi abuelo? En esa línea cofundé Oceans 2050, que hoy presido. La meta es reconstruir la abundancia de los océanos, aunando ciencia, tecnología, financiamiento. Usamos también inteligencia artificial y datos oceánicos para identificar oportunidades, medirlas y conectar proyectos con inversión.
Otra iniciativa que me toca muy de cerca es Blue Cities Alliance, que cofundé con mi marido, Fritz Neumeyer. Estamos creando una red global de ciudades costeras comprometidas con la reconstrucción de sus ecosistemas marinos. Atenas se convirtió en nuestra primera ‘Ciudad Azul’ en 2025.
"Mi primer trabajo fue en el canal Natura en Barcelona: habían comprado los derechos de todas las películas de mi abuelo, como 120, y yo tenía que mirarlas y presentarlas en la televisión".
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Siempre supe que mi abuelo era alguien especial. Cuando me llevaba por París a comprar un vestido o a tomar un chocolate caliente, la gente nos paraba. Querían estrecharle la mano, decirle lo mucho que lo admiraban o contarle que sus películas les habían cambiado la vida.
Recuerdo observar esos encuentros y comprender que él significaba algo extraordinario para la gente. Para mí, era el hombre que me llevaba de compras y me hacía sentir como la persona más importante del mundo durante ese breve rato. Esa es una de las cosas más bonitas de la infancia. Puedes saber que alguien es famoso sin entender lo que eso significa. Simplemente sabes cómo te hace sentir.
Algunos de mis recuerdos más felices son de los veranos que pasé con mis abuelos en Mónaco. Su piso daba al puerto y, desde el balcón, podía ver el Calypso atracado abajo. Ese barco había estado en algunos de los lugares más remotos de la Tierra, y millones de personas lo conocían por la televisión. Para mí formaba parte del paisaje familiar de mi infancia.

Alexandra de niña junto a su famoso abuelo Jacques Cousteau.
Pasaba horas a orillas del mar con mi máscara y un balde pequeño, en busca de pulpos, cangrejos y erizos de mar.
Y luego llegó mi primera inmersión.
Mi padre me había prometido enseñarme, pero murió antes de tener la oportunidad de hacerlo. Así que mi abuelo decidió que lo haría él. Yo tenía 7 años. Nos sumergimos en el Mediterráneo, frente a Niza. Me había preparado un divertido y pequeño equipo, con pequeñas botellas sujetas por tirantes de goma rojos. Estaba nerviosa. El equipo me resultaba incómodo, el agua parecía oscura y no estaba segura de querer continuar. Él sonrió, me guiñó un ojo y, con delicadeza, me animó a meterme en el agua.
A unos cinco metros, un banco de pececitos plateados me rodeó. Extendí la mano hacia ellos y se alejaron. Cuando retiré la mano, volvieron. Lo repetí una y otra vez, embelesada.
Era algo tan insignificante: una niña pequeña jugando con peces. Más de 40 años después, aún puedo sentirlo. Por primera vez, no estaba contemplando el océano desde arriba. Estaba dentro de él. Allí podía respirar, moverme, sentirme parte de él.
Mi abuelo me regaló aquel día algo que me ha acompañado toda la vida. Creo que eso es lo que regaló a millones de personas a través de sus películas. Hizo que el océano nos resultara cercano.
A veces olvidamos lo apasionante que era su trabajo. Era un inventor, un aventurero, un cineasta y un narrador maravilloso. Convirtió el Calypso en un laboratorio flotante y un estudio de cine.
Sus programas eran acontecimientos mundiales. Las familias se reunían alrededor del televisor y los niños soñaban con convertirse en exploradores. Hizo que el océano resultara misterioso, hermoso, incluso glamoroso.
"Mi abuelo me regaló aquel día algo que me ha acompañado toda la vida. Creo que eso es lo que regaló a millones de personas a través de sus películas. Hizo que el océano nos resultara cercano".
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Uno de mis recuerdos favoritos de la infancia es de Maui. Tenía 10 u 11 años y descubrí unas pozas de marea a lo largo de la costa, llenas de vida: pequeños cangrejos, blénidos, anémonas, erizos de mar, diminutos camarones transparentes. Me pasaba horas atrapándolos en mi balde, observándolos y devolviéndolos al agua. Volvía todos los días. Me parecía mi propio pequeño océano.
Años más tarde volví a Maui. Recordaba exactamente dónde estaban esas pozas y estaba muy emocionada por volver a verlas. Cuando llegué allí, las rocas estaban cubiertas de algas resbaladizas, y las criaturas que recordaba habían desaparecido casi por completo. En un momento resbalé y me caí. Me senté mirando a mi alrededor, intentando comprender qué había pasado. El lugar parecía lleno de fantasmas.
Fue entonces cuando empecé a comprender la diferencia entre amar la naturaleza y saber que se puede perder.
Mi abuelo conoció un océano mucho más abundante que el que yo heredé, y en muchos lugares mis hijos están creciendo con aún menos. Eso me entristece. Pero también me llena de determinación. Quiero que mis hijos crezcan con historias sobre el resurgimiento de la naturaleza. Que tengan sus propias pozas de marea llenas de vida, que sientan la maravilla de un arrecife sano, de un gran banco de peces. Y quiero que sepan que vale la pena luchar por esas cosas y que podemos recuperar algunas de ellas.
Alexandra buceando.
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¡Sin duda hay ventajas (de llevar el apellido Cousteau)! Mi abuelo inspiró un enorme cariño en todo el mundo, y eso ha perdurado después de su muerte. La gente todavía me cuenta que veía sus películas con sus padres o abuelos. Algunos se hicieron biólogos marinos gracias a él. Otros se hicieron buceadores, cineastas, defensores del medio ambiente.
Y, por supuesto, el apellido abre puertas. Sería una tontería de mi parte fingir lo contrario. Me permite hablar con personas a las que, de otro modo, me resultaría difícil llegar. Siempre he sentido la responsabilidad de aprovechar bien esas oportunidades.
También hay retos. Cuando creces con un apellido famoso, la gente cree que te conoce antes incluso de haberte conocido. Tienen expectativas sobre lo que deberías hacer, lo que debería importarte, cómo debería ser tu vida. ¡Y cuando tu abuelo es Jacques Cousteau, la sombra es bastante grande!
Durante un tiempo sentí que tenía que estar a la altura de lo que él había hecho. Pero, ¿cómo estar a la altura de alguien que ayudó a inventar la exploración submarina moderna y llevó el océano a millones de hogares? Me llevó tiempo comprender que no era una comparación que tuviera que hacer.
Georgetown me ayudó enormemente en eso. Por primera vez, me rodeaba de gente cuyas vidas no tenían nada que ver con la exploración oceánica. Estudiaba política, conocía a gente de todo el mundo y descubría mis propias ideas. Aprendí que podía amar el legado de mi familia sin que eso me definiera.
"Y, por supuesto, el apellido abre puertas. Sería una tontería de mi parte fingir lo contrario. Me permite hablar con personas a las que, de otro modo, me resultaría difícil llegar".
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Cada uno de nosotros (en la tercera generación Cousteau) ha encontrado su propia forma de contribuir, y así es como debe ser. Tenemos intereses, organizaciones y enfoques diferentes. El océano es muy grande, hay lugar para todos.
Mi hermano Philippe trabaja en educación de los jóvenes en protección ambiental con EarthEcho. También tiene su compañía de protección y restauración de los océanos. Nos queremos mucho, pero cada uno está en su asunto.
Mi propio camino ha cambiado mucho a lo largo de los años. Empecé en el mundo de la exploración y la narración, siguiendo en gran medida la tradición de mi padre y mi abuelo. Dirigí expediciones, realicé documentales y sensibilicé a la sociedad sobre las amenazas al mundo natural.
Poco a poco, empecé a sentirme frustrada. Estábamos ganando importantes batallas en conservación, pero el océano seguía deteriorándose. Empecé a preguntarme si nos estábamos planteando la pregunta equivocada. Nos habíamos vuelto muy buenos a la hora de medir la pérdida e intentar frenarla. ¿Qué haría falta para revertirla?

Alexandra con su padre, Philippe.
En 2019 llamé a Carlos Duarte, uno de los ecólogos marinos más destacados del mundo. Y le pregunté algo que llevaba mucho tiempo rondándome la cabeza: ‘¿Hay alguna posibilidad real de recuperar la abundancia que conoció mi abuelo?’ Él hizo una pausa y dijo: ‘Sí, es posible’. Era una respuesta tan sencilla y me abrió un mundo completamente nuevo. Durante años me había centrado en lo que estábamos perdiendo. Y ahí estaba un destacado científico diciéndome que era posible recuperar la abundancia de los océanos en el plazo de una generación. Habían pruebas de que la vida marina podía recuperarse sustancialmente para 2050 si abordábamos las principales presiones que provocaban su declive. Fue una revelación.
Esa conversación, y la base científica que la sustentaba, se convirtió en el pilar de Oceans 2050 y de Blue Cities Alliance.
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Hoy vivo en Berlín con mi marido y nuestros dos hijos.
Fritz, mi esposo, es arquitecto. Junto con su socio, el ingeniero costero Matt Campbell, dirige Oceans 2050 Studio, empresa de diseño y desarrollo centrada en la reconstrucción de ecosistemas costeros a gran escala. Me gusta bromear diciendo que se pasó años construyendo hermosas casas para gente rica, ¡y ahora construye hogares para los peces!
A nuestra hija le interesa la defensa del océano, y nuestro hijo sueña con inventar tecnologías que ayuden a reconstruir los arrecifes de coral. Me encanta eso.
A mis 50 años, estoy trabajando en algo que no habría podido imaginar hace 20: recuperar la abundancia de vida marina que conocieron las generaciones anteriores. Y me encanta que, como familia, todos estemos pensando en cómo podrían ser los océanos del futuro”.