A mitad de la portada de The New York Times del 20 de octubre de 1959 apareció una pequeña noticia bajo el título: “Bloqueo en la ONU”. Era una historia que podría haberse publicado cualquier día de ese año, salvo uno.
El Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (ONU) estaba en tal punto muerto que aprobó apenas una resolución —difícilmente trascendental— durante todo 1959, para crear un subcomité que investigara una supuesta incursión transfronteriza en Laos.
Esos recuerdos de la Guerra Fría son un saludable recordatorio de que la actual sensación de asedio en la ONU está lejos de ser nueva. Pero, mientras intensifica la búsqueda de un nuevo líder, el panorama parece excepcionalmente sombrío.
Quien reemplace al secretario general António Guterres, tras sus dos períodos, el 1 de enero enfrentará una batalla no solo por la relevancia de la ONU, sino, en última instancia, por su supervivencia. Lo que está en juego es la propia idea de un organismo global que moldea las reglas del mundo, desde la paz y la seguridad hasta la lucha contra el cambio climático.
“Es la paradoja de la ONU”, dice Thant Myint-U, exalto funcionario de Naciones Unidas y nieto de U Thant, quien sucedió al carismático sueco Dag Hammarskjöld como secretario general en 1961.
“La ONU nunca había estado tan marginada de la gestión de las crisis globales. Pero todavía tiene este superpoder oculto: la capacidad del secretario general de mediar en nombre de la única organización universal que tiene el mundo”, agrega.
La ONU está acosada por una serie de crisis. La más peligrosa se relaciona con su autoridad. Ha sido ignorada cada vez más por Rusia y Estados Unidos. También es cuestionada por muchos otros países, dado que sus estructuras reflejan la correlación de fuerzas de 1945, cuando fue fundada, y no la del mundo actual.
El Consejo de Seguridad es el principal creador de derecho internacional del mundo, pero ha quedado paralizado tras la invasión a gran escala de Rusia a Ucrania en 2022 y diversos enfrentamientos entre grandes potencias durante la década anterior. Si bien en el período inmediatamente posterior a la Guerra Fría se disparó el número de resoluciones que aprobó, estas han disminuido marcadamente en los últimos años, reflejando el debilitado desempeño del orden jurídico internacional.
A los problemas de la ONU se suma que el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, creó un aspirante a rival, el Board of Peace, con ambiciones para Gaza y más allá. Aunque la innovación de Trump ha logrado poco hasta ahora, una multitud de agrupaciones globales compite hoy por el tiempo de los líderes, y el Grupo de los 20 (G20), que reúne a las principales economías, es posiblemente una instancia más efectiva que la Asamblea General de la ONU para adoptar decisiones de peso.
La propia idea del multilateralismo, el principio que sustenta a la ONU, está en fuerte retroceso. Tan deteriorada está la posición de Naciones Unidas como mediadora que su voz prácticamente no se ha escuchado en las guerras en Ucrania, Gaza e Irán.
Luego está la falta de dinero. Después de tres décadas ampliando sus ambiciones, la ONU enfrenta un enorme agujero financiero mientras Estados Unidos y otros países recortan su financiamiento. Su desmoralizada burocracia y muchas de sus agencias necesitan una reforma profunda, reconocen funcionarios.
“No la veo (a la ONU) en peligro inmediato [de morir]”, afirma Rafael Grossi, director del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y uno de los principales candidatos a convertirse en el próximo secretario general.
“Lo veo más bien como una especie de muerte lenta. La ONU ha ido derivando hacia la irrelevancia... sin una contribución significativa a las crisis recientes o a las guerras entre Estados”, agrega el postulante argentino.
Grossi señala que existe “una sensación de frustración por su pésimo desempeño en términos de las otras cosas hacia las que supuestamente debía haberse orientado: agendas sociales, cambio climático”.
Rebeca Grynspan, exvicepresidenta de Costa Rica y actual favorita para suceder a Guterres, afirma que una prioridad debe ser impedir que el debate sobre el futuro de la ONU pase “del escepticismo al fatalismo”. Añade: “Gran parte de las críticas proviene de personas que quieren que la ONU tenga éxito y están genuinamente preocupadas por su futuro”.
Salvar al mundo del infierno
En las ocho décadas transcurridas desde que la ONU nació al término de la Segunda Guerra Mundial, sus nueve secretarios generales han tenido que intentar encontrar una forma de maniobrar en torno a los deseos del P5, las cinco potencias permanentes del Consejo de Seguridad con derecho a veto: Estados Unidos, China, Rusia —antes la Unión Soviética—, Reino Unido y Francia. Con demasiada frecuencia, la tarea ha estado fuera de su alcance, como ocurre hoy.
Los defensores de la ONU destacan que ha cumplido su mandato fundacional de impedir otra guerra mundial, pero en los últimos años su papel como mediadora se ha visto eclipsado. Desde que volvió al poder el año pasado, Trump ha ignorado en la práctica a Guterres.
“El antiguo principio de Hammarskjöld era que la ONU no está para llevarnos al cielo, sino para salvarnos del infierno”, dice Lord Malloch-Brown, exjefe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo y secretario general adjunto de la ONU en 2006, el último de los 10 años en que Kofi Annan estuvo al mando.
“Hubo un breve período luminoso después de la Guerra Fría, cuando todos pensaban que la ONU podría ser un agente para cambiar el mundo. Pero volvió a una norma mucho más pragmática, que es donde ha estado durante la mayor parte de su existencia”, añadió.
Sin embargo, hoy incluso esa “norma pragmática” es difícil de cumplir o mantener. Durante las últimas dos décadas, la ONU ha tenido formalmente tres “pilares”: seguridad, desarrollo y derechos humanos. Los tres están ahora tambaleando.
Altos funcionarios de Naciones Unidas consideran a Rusia como el principal responsable del bloqueo en el Consejo de Seguridad. Pero Estados Unidos también pasa por encima del organismo cuando quiere: ni siquiera hizo el gesto de buscar una resolución de la ONU antes de atacar Venezuela en enero o Irán en febrero. China, el segundo mayor financiador de Naciones Unidas después de Estados Unidos, respalda públicamente el orden multilateral, pero con frecuencia se alinea con Rusia para bloquear resoluciones impulsadas por Occidente.
En cuanto al desarrollo y los derechos humanos, el Gobierno de Trump ha recortado el financiamiento estadounidense y dejó de apoyar a numerosas agencias, lo que ha provocado una crisis presupuestaria y la eliminación de miles de puestos de trabajo. “La moral es prácticamente inexistente”, afirma un funcionario de la ONU, aunque muchos firmes partidarios de Naciones Unidas también aceptan los argumentos de sus críticos respecto de que sus programas y agencias duplican funciones y necesitan cambios radicales.
“Muchas de las solicitudes de reforma de Estados Unidos no son irrazonables”, dice un trabajador humanitario de la ONU. “Tenemos que ser honestos: nos hace daño estar discutiendo cómo salvar algunas partes de Naciones Unidas que sabemos que no deberían existir. Algunas críticas de Trump son válidas”.
Guterres lanzó el año pasado un detallado plan de reformas por el 80º aniversario de la ONU, pero ha encontrado resistencia institucional. Funcionarios señalan que muchos de los recortes terminaron afectando a personas con contratos precarios, en lugar de a empleados de larga trayectoria con bajo desempeño.
En este escenario han entrado siete candidatos que aspiran a dirigir la ONU. Más por esperanza que por expectativa, exfuncionarios de Naciones Unidas ven la elección como una oportunidad para examinar en profundidad qué hace la institución y recuperar su impulso.
Thant Myint-U espera que una ONU más reducida pueda reavivar el espíritu de la era de su abuelo, quien asumió después de que Hammarskjöld muriera en un misterioso accidente aéreo en el sur de África mientras mediaba en la guerra civil del Congo.
Pero reconoce que el potencial del próximo secretario general como mediador es mucho menor que en la época de U Thant. “Tomemos la guerra entre India y Pakistán de 1965. A mi abuelo le tomó casi dos días llegar al frente para ver a Ayub Khan (el entonces líder militar de Pakistán)”.
En referencia a los líderes de entonces de la Unión Soviética, Estados Unidos y Reino Unido, añade: “En el mundo actual, él [Khan] y el líder de India, Lal Bahadur Shastri, habrían estado hablando por WhatsApp con Brezhnev, LBJ y Harold Wilson al mismo tiempo”.
Votaciones informales y supervivencia
Antes de que alguien pueda asumir ese tipo de misiones, debe imponerse en un laberíntico proceso de selección.
En última instancia, la decisión se tomará mediante votaciones en el Consejo de Seguridad, integrado por 15 miembros. Pero los únicos votos que realmente cuentan son los del P5. Cada uno tiene derecho a veto, lo que agudiza la frustración de muchos de los 193 Estados miembros de la ONU, que presionan para replantear el Consejo de Seguridad de modo que refleje el orden mundial actual.
En las “votaciones informales” preliminares —y posteriormente en las votaciones de este otoño— se pregunta a los miembros del Consejo de Seguridad si “alientan”, “desalientan” o “no tienen opinión” respecto de candidatos específicos. Los resultados de la primera de esas votaciones sugieren que el próximo secretario general será latinoamericano, en línea con el entendimiento dentro de la ONU de que es el “turno” de la región.
Grynspan, economista de 70 años cuyos padres judíos abandonaron Europa después del Holocausto, quedó en primer lugar con 10 votos de “aliento”. Es vista ampliamente como la candidata preferida de la Asamblea General y, de resultar electa, sería la primera mujer en convertirse en secretaria general.
Una candidata que ingresó tarde a la competencia, Carolyn Rodrigues-Birkett, embajadora de Guyana ante la ONU, de 52 años, quedó segunda, pero lideró una encuesta rápida entre sus pares diplomáticos después de un debate entre candidatos. Grossi, de 65 años, ocupó el tercer lugar en la votación informal.
Los otros cuatro candidatos son ahora considerados con menores posibilidades: Maria Fernanda Espinosa, exministra de Relaciones Exteriores de Ecuador, que quedó cuarta; el expresidente de Senegal Macky Sall; Olara Otunnu, veterano funcionario ugandés de Naciones Unidas; y Michelle Bachelet, expresidenta de Chile.
Cuando el proceso pase a la votación, el P5 utilizará papeletas rojas para distinguirlas de las papeletas blancas de los demás miembros. Un solo voto rojo de “desaliento” acaba con una candidatura. Sin embargo, dos factores podrían alterar la carrera: la aparición tardía de un candidato fuerte y la postura de Estados Unidos, que tradicionalmente ha tenido el voto decisivo.
Malloch-Brown recuerda que durante gran parte de 1996 se daba por sentado que Boutros Boutros-Ghali, quien ocupaba el cargo, sería reelegido para un segundo período: “Todos parecían dispuestos a dárselo, salvo Madeleine Albright”. Tras bambalinas, la entonces embajadora estadounidense ante la ONU respaldó a Kofi Annan, quien terminó imponiéndose recién a fines de ese año.
Una década después, Estados Unidos volvió a desempeñar un papel decisivo. En sus memorias, John Bolton, entonces embajador estadounidense ante Naciones Unidas, describe una operación cuidadosamente planificada por Washington para favorecer al surcoreano Ban Ki-moon.
A comienzos de este año, diplomáticos de la ONU consideraban a Grossi como un posible “candidato de Estados Unidos”, con una propuesta centrada en seguridad y un alejamiento del desarrollo. Pero una cercanía percibida con Trump no le granjearía simpatías entre los Estados miembros ni entre el personal. “Le costaría generar impulso interno”, advierte un funcionario de la ONU.
El mes pasado, New York Post informó que Trump favorecía a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, como su candidato. Pero incluso antes de la polémica por el fallido intento de Infantino de vender partes de la FIFA al sector privado, los diplomáticos consideraban esa posibilidad fantasiosa.
Para Estados Unidos, la cuestión central es cómo equilibrar su tradicional deseo de contar con un secretario general dócil con su intención de tener a alguien que implemente reformas y que se haga cargo de crisis globales que Washington no tiene interés en supervisar.
“Hay algunas cosas que están en línea con la política exterior del Presidente y que queremos que haga la ONU”, dijo recientemente Mike Waltz, embajador estadounidense ante Naciones Unidas, citando las crisis de Haití y Gaza. “Estoy concentrado en eso... y en recortar el resto”, afirmó en The Alex Marlow Show, un podcast centrado en la política de America First.
Su receta va al corazón del dilema que enfrenta el próximo secretario general: en qué temas concentrarse para garantizar que la ONU siga siendo relevante y sobreviva.
Reconciliarse con Estados Unidos
El papel de quien encabeza la ONU siempre ha implicado un equilibrio, implícito en el propio título, entre “secretario”, enfocado en administrar, y “general”, enfocado en el mundo.
La mayoría de los funcionarios actuales y antiguos cree que el próximo líder de la institución debe priorizar lo segundo, aunque solo sea para demostrar que Naciones Unidas sigue siendo un actor relevante.
Para Thant Myint-U, autor de una nueva biografía de su abuelo, se trata de volver a los fundamentos de los primeros años de la ONU. “El papel esencial es ser el mediador en jefe”, dice. “Cuando el secretario general mediaba con éxito en los años ‘50 y ‘60, la oficina política nunca tenía más de una docena de personas, una pequeña fracción del número actual”.
“Necesitamos a alguien capaz de caerse de cara con elegancia, levantarse e intentarlo de nuevo”, agrega. “Hay que asumir que un secretario general fracasará nueve de cada 10 veces; se trata de perseverar, construir personalmente y mantener viva la opción de la ONU para poner fin a una guerra”.
Un frustrado alto funcionario de Naciones Unidas afirma que el próximo secretario general debe intentar concretar acuerdos de paz en guerras que están fuera de los titulares, como la de República Democrática del Congo. El funcionario se hace eco de las críticas de antiguos funcionarios a Guterres por haber pasado demasiado tiempo en la sede de Nueva York. Sus partidarios afirman que la mediación se volvió imposible debido al desdén de las grandes potencias.
Parece haber pocas dudas de que su sucesor buscará comenzar con fuerza.
Grynspan, directora de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad, su sigla en inglés), habla de la necesidad de una diplomacia serena. Cita su experiencia supervisando el acuerdo de granos del mar Negro de 2022, un pacto entre Rusia, Ucrania, Turquía y la ONU para exportar granos a través de un corredor marítimo.
“La ONU necesita gestión”, señala. “Intentamos hacer de todo. Tenemos que asociarnos más”.
Grossi suele citar su experiencia reuniéndose con Vladimir Putin después de la invasión rusa de Ucrania en 2022 como una señal de su determinación de mediar a cualquier costo. “Si me convierto en secretario general, me verán estrechando la mano de personas que pueden estar haciendo cosas muy malas”, afirma.
Las economías en desarrollo y los Estados más pequeños temen que un nuevo secretario general recorte programas destinados a combatir el cambio climático y la pobreza. El debate, señala Malloch-Brown, recuerda las divisiones existentes en la antecesora de la ONU, la Sociedad de las Naciones, “entre universalistas que la veían rehaciendo el mundo a su propia imagen y realistas que la consideraban un foro útil para resolver conflictos”.
Malloch-Brown plantea repensar el financiamiento para el desarrollo, alejándose del modelo tradicional de aportes directos determinados por los donantes y entregando mayor peso a los bancos multilaterales de desarrollo.
Añade que un nuevo secretario general debe dejar inicialmente de lado la reestructuración interna y, en cambio, “construir autoridad e impulso” priorizando la mediación. “El programa de reformas ha enfrentado muchas dificultades. Esos esfuerzos pueden absorber por completo a un nuevo secretario general”.
Muchos reconocen que la idea de reformar el Consejo de Seguridad es inviable en el mediano plazo, dado que el P5 conserva el derecho a veto mientras los potenciales nuevos miembros compiten entre sí. Es probable que el próximo secretario general se concentre más en cómo rediseñar los vínculos con Estados Unidos.
Un área potencial de cooperación es la ayuda humanitaria, supervisada en Naciones Unidas por la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA, su sigla en inglés).
El jefe de la agencia, el exdiplomático británico Tom Fletcher, ha sido elogiado por encontrar una manera de trabajar con el Gobierno de Trump y garantizar que Estados Unidos no abandone la ayuda. El Gobierno cerró su propia agencia de desarrollo, USAID, después de asumir en enero de 2025, pero en diciembre pasado entregó US$ 2 mil millones a OCHA, aunque con condiciones.
“Existe un reconocimiento de que, cuando se trata del trabajo humanitario más peligroso, estamos en lugares donde ellos no quieren estar y donde necesitan a alguien”, afirma Fletcher. “Ellos [el Gobierno de Trump] han recorrido un largo camino. A esta altura del año pasado, la situación del financiamiento era bastante sombría. Ahora tenemos más de US$ 4 mil millones en financiamiento humanitario directo.”
“Mucha gente está dando por perdidos los próximos dos años como una historia de lenta decadencia de la ONU”, agrega. “Pero si podemos encontrar el impulso y la paciencia para terminar algunas guerras y salvar millones de vidas, esa narrativa puede darse vuelta”.
A medida que la carrera por la sucesión se acerca a su desenlace, crece dentro de Naciones Unidas la expectación sobre lo que podría conseguir un nuevo enfoque.
“El próximo secretario general necesita pensar de otra manera”, afirma Esther Judah, extrabajadora humanitaria de Naciones Unidas. “Guterres se convirtió en líder cuando la ONU dependía de políticas multilaterales sólidas. El mundo ha cambiado.”
Pero la ONU ya ha vivido falsos amaneceres anteriormente. El tenue optimismo respecto de que pueda recuperar un lugar en las portadas está moderado por la conciencia de sus limitaciones.
“Solo somos tan fuertes como los miembros nos permiten ser”, observa con pesar un funcionario. “Y, sobre todo, los poderosos”.