Cómo podría evolucionar el sistema energético mundial hacia 2050 en cinco escenarios es lo que analiza la nueva edición del “Global Energy Perspective 2026” de McKinsey. El estudio, al que tuvo acceso DF, reafirma una alerta: todos esos escenarios proyectan una brecha cada vez mayor respecto de la trayectoria de calentamiento de 1,5 °C establecida en el Acuerdo de París.
“Todos los escenarios y análisis explorados se quedan cortos respecto al objetivo del Acuerdo de París de limitar el calentamiento global muy por debajo de los 2,0 °C, lo que pone de relieve los riesgos y las contrapartidas que pueden surgir al priorizar la asequibilidad y la seguridad energética por encima de la descarbonización”, se afirma en el documento de la consultora global.
Según se detalla, el enfoque actual en la asequibilidad y la seguridad energética sitúa al mundo en una trayectoria preocupante hacia un aumento cada vez mayor de las temperaturas. “Incluso el escenario que denominaron ‘Decarbonization Delivers’ (la descarbonización da resultados) —la proyección más optimista del informe de este año— no alcanza el objetivo del Acuerdo de París, con una brecha estimada de 0,8 °C”.
Se plantea que, si bien la reducción de los costos tecnológicos y el despliegue de energías limpias disminuyen las emisiones en ese escenario en comparación con los otros, el aumento de la demanda de energía impide que el sistema cierre la brecha. Esto -dicen- sitúa el calentamiento proyectado en aproximadamente 2,3 °C para el año 2100.
Combustibles fósiles
Pero hay más. El estudio advierte que la transición energética se ha convertido en lo que denomina “una expansión energética”. Recoge que la demanda mundial de energía aumentó 2,7% en 2025, con un crecimiento simultáneo del petróleo, el gas, el carbón y las energías renovables.
En el escenario base, la electricidad aumentaría su participación en el consumo final de energía desde cerca de 22% en la actualidad a 32% en 2050.
En ese mismo escenario, el consumo de combustibles fósiles seguiría creciendo durante los próximos años. El petróleo comenzaría a moderarse alrededor de 2030, el gas continuaría aumentando hasta después de 2032 y el carbón alcanzaría su nivel máximo cerca de 2040.
Redes y centros de datos
Asimismo, los centros de datos son el segmento de mayor crecimiento de la demanda eléctrica en los países de la OCDE. En el escenario base, su demanda eléctrica crecería a una tasa anual de 24% hasta 2030 y luego se moderaría a cerca de 5% anual entre 2030 y 2040.
Se plantea que el consumo energético de los centros de datos prácticamente se triplicaría entre 2025 y 2030, y que su participación en el consumo mundial de electricidad subiría desde 2,3% a 5,9%. La trayectoria posterior a 2030, en tanto, es altamente incierta y podría moderarse si se producen avances relevantes en eficiencia computacional.
McKinsey identifica la falta de infraestructura como la restricción más frecuente en los distintos escenarios. En el escenario base, la expansión de las redes se mantiene entre tres y cinco años por detrás del despliegue de nueva generación en la mayoría de los principales mercados. En detalle, la inversión mundial anual en transmisión y distribución aumentaría desde US$ 443.000 millones en 2025 a US$ 637.000 millones en 2035 y US$ 970.000 millones en 2050.
En esa línea, el informe advierte que una generación eléctrica más barata no necesariamente se traducirá en menores precios para los consumidores, porque también aumentarán los costos asociados a redes, almacenamiento y respaldo del sistema.
En tanto, el estudio plantea que la seguridad energética ya no depende únicamente del suministro de combustibles, sino que también incorpora dependencias en equipamiento, minerales críticos, semiconductores, puertos, redes e infraestructura digital.
Al respecto, se precisa que las cadenas de suministro de tecnologías limpias presentan una alta concentración: China representa cerca de 80% de la producción mundial de módulos solares y 75% de la capacidad de fabricación de celdas de baterías. Además, refina cerca de 90% de las tierras raras utilizadas en imanes permanentes para turbinas eólicas y procesa más de 70% del litio, el cobalto, el grafito y las tierras raras.