La salmonera Atlantic Sapphire es noruega, opera en Florida y, para sorpresa de algunos, la manejan distintos chilenos. Su gerente general es Pedro Courard, ingeniero civil industrial que llegó en agosto de 2024 desde la gerencia general de Cermaq Chile. También está el gerente de manufactura, Gonzalo Acevedo, ex Ventisqueros, Yadran y Multiexport y con 25 años en el cuerpo en el rubro acuícola. Y en el directorio está Patrick Dempster, un chileno-británico que tiene casi cuatro décadas de experiencia en la industria del salmón.
Todos ellos, de alguna u otra manera, están trabajando en las movidas aguas de esta firma, que ha vivido distintos escenarios adversos en los últimos años. En febrero de 2021 tocó máximos históricos en la bolsa de Oslo, llegando a valer más de US$ 1.000 millones. Hoy, en cambio, pelea por su supervivencia.
En junio, como parte de un acuerdo de reestructuración para evitar la insolvencia, un vehículo armado por los propios acreedores -Coral HoldCo AS- se quedó con el 62,2% de la firma, luego de que los cinco mayores traspasaran ahí sus acciones. Un mes después, el pasado viernes, este mismo grupo abrió una oferta pública por el resto del porcentaje. El plazo vence el 28 de agosto y después de eso la firma -que es la mayor apuesta mundial por producir salmón en tierra- dejará de cotizar en la Bolsa de Oslo.
Y así, una vez más, Atlantic Sapphire comenzará una nueva etapa.
Futuro auspicioso
Nació en 2010, cuando los noruegos Johan Andreassen y Bjørn-Vegard Løvik, que venían de la salmonera Villa Organic, se propusieron criar salmón lejos del mar. En 2011 se les sumó Thue Holm, especialista en sistemas de recirculación, y ese mismo año empezaron a construir una planta piloto en Hvide Sande, en la costa danesa, para probar la idea en una escala pequeña.
La idea era sacar al salmón del océano y meterlo en estanques donde todo estuviera bajo control, como la temperatura del agua, el oxígeno, la comida, la luz. Si lo lograban sería un golazo, porque el pez engorda todo el año a la misma velocidad, sin importar la estación ni la corriente. Además, quedaban fuera los fantasmas que persiguen a la salmonicultura en jaulas: los piojos de mar, los escapes y los blooms de algas. De paso, se ahorraban el avión.
Este modelo se conoce como RAS. En simple, el agua entra a los estanques, sale sucia, pasa por filtros que le sacan los sólidos y por un reactor biológico donde unas bacterias transforman el amonio que largan los peces, se le vuelve a inyectar oxígeno y regresa al estanque.
Con el piloto validado llegaron a Florida, EEUU, a un pueblo agrícola llamado Homestead. El subsuelo de esa zona está formado por capas de roca porosa que funcionan como pisos separados, y eso les permitió perforar pozos y sacar agua dulce del nivel más superficial, agua salada de uno más profundo, y meter los residuos todavía más abajo, en una capa que no se comunica con el acuífero del que toma Miami.
Todo iba viento en popa. En 2018, justo cuando comenzaron la operación en Florida la compañía se listó en Merkur, el mercado alternativo de Oslo. Dos años después pasaron a la bolsa principal. En 2021 ya valía más de US$ 1.000 millones.
US$ 35 millones
Al poco tiempo sucedieron una serie de eventos desafortunados. Por ejemplo, en julio de 2020 una mortalidad en las piscinas obligó a cosechar los peces de urgencia. Luego, en marzo de 2021, murió el equivalente a 500 toneladas de salmón. Y en septiembre del mismo año sufrieron un incendio en sus instalaciones en Dinamarca y la producción se detuvo.
Todo esto afectó las proyecciones que “AS” le presentó a sus inversionistas. Y por eso la firma puso cartas en el asunto, como renovar el equipo ejecutivo. En ese contexto llegó Pedro Courard, que -según distintas voces de la industria- ha tenido una buena gestión de la firma.
A pesar de los avances que se lograron en estos últimos años (como mejores cosechas y aumentos en los pesos promedio de los salmones), la necesidad de recursos frescos seguía estando. Por eso, en septiembre de 2025 la compañía logró un préstamo convertible por US$ 35 millones. Los que pusieron el grueso de los recursos fueron la salmonera Nordlaks, el fondo estadounidense Condire y Strawberry Capital, el vehículo de inversiones del empresario hotelero noruego Petter Stordalen. Además, el propio Courard se puso con US$ 50 mil.
Ese préstamo servía para financiar distintas mejoras operativas, además de capital de trabajo. Pero no alcanzó. En febrero de este año la empresa avisó que necesitaba entre US$ 15 y 25 millones más, y un mes después subió el rango a US$ 30 millones, con la advertencia de que sin eso no lograba evitar procesos de insolvencia.
El 27 de marzo tomó un préstamo puente de US$ 10 millones con ese mismo grupo de acreedores.
De 100 a 0
El sábado 23 de mayo, después del cierre de la bolsa, Atlantic Sapphire mandó un comunicado contando que había firmado un acuerdo con sus principales acreedores, quienes pasarían a controlar la compañía.
En el mismo comunicado el directorio explicó que había buscado otras opciones y que no apareció nadie más dispuesto a poner plata. También dejó por escrito que ni siquiera con este acuerdo se cubrían las necesidades de los 12 meses venideros.
El 26 de junio los cinco grupos traspasaron sus acciones a Coral HoldCo y el viernes 31 de julio abrieron la oferta por lo que faltaba. Según documentos públicos, si el 28 de agosto se cierra sin sorpresas, esta nueva entidad quedará con la mayoría de la compañía y Atlantic Sapphire, eventualmente, saldrá de la Bolsa de Oslo después de seis años.