Cómo Mark Bonnell pasó de la selección de esquí de Canadá a venderle Modyo a Constellation Software
El canadiense ha fundado tres empresas y ha vendido las tres. La última, Modyo -el software detrás de los canales digitales de bancos como BCI, Santander y el mexicano Mifel-, facturaba cerca de US$ 10 millones y crecía 30% al año cuando la compró Harris, filial del gigante canadiense Constellation Software.
Por: Juan Pablo Silva
Publicado: Sábado 18 de julio de 2026 a las 21:00 hrs.
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Hasta los 21 años, la única meta de Mark Bonnell era ser campeón olímpico de esquí, confiesa sentado en el estudio de podcast del Diario Financiero, con un marcado acento norteamericano, que luego dirá le causa risas a sus hijas chilenas.
Desde los 7 años recorría el continente compitiendo, a los 14 entró a un internado de esquí en Estados Unidos y en 1989, con 19, llegó a La Parva con la selección de Canadá. Tuvo suerte, esa semana nevó cinco días seguidos y después salió el sol y en esos entrenamientos se ganó el cupo para ser parte del equipo canadiense. Recuerda que en el techo del Hotel O’Higgins de Viña del Mar, le dijo a un amigo: “Este país es increíble, yo podría vivir aquí”.
Pero faltaban años. Becado por la Universidad de Utah, Bonnell ganó el título universitario (NCAA) de slalom en 1993 y estudió Ciencia Política pensando en ser abogado. Al salir de la universidad tenía una oferta de US$ 80 mil al año como entrenador de esquí en Park City. La rechazó para irse a trabajar con Ladd Christensen, un empresario de Utah, a quien había conocido años atrás, en un invierno que entrenó en ski a su hijo. En uno de esos viajes Bonnell también conoció a su mujer: la chilena Francisca Orrego. Cuenta que fue en 1991 en una discoteca de Bellavista. Vio a una chilena cruzar la pista de baile y le apostó US$ 100 a un amigo. “Me voy a casar con ella”, le dijo. Él no hablaba español, ella no hablaba inglés, se entendieron en un francés precario y cuando volvió a Canadá le escribió cartas para mantener el contacto. Llevan 33 años juntos.
Bonnell hizo un MBA en McGill y en pleno boom puntocom armó su primera empresa en Montreal; junto a su cuñado chileno y un amigo indio, fue uno de los primeros CRM, año 2000. La vendieron al poco andar. Su padre vio en la portada del diario que Microforum, una canadiense que había levantado US$ 100 millones, estaba comprando empresas de software. Marcó el teléfono desde la oficina de su hijo y le pasó el auricular. Al día siguiente Bonnell estaba en Toronto; en una semana había acuerdo. La empresa tenía 18 meses de vida. Su jefe ahí fue Marco Argenti, hoy jefe de tecnología de Goldman Sachs.
El sabático duró un mes
Tras la venta siguió trabajando en Microforum. Aún no tenían hijos, y su mujer le propuso un sabático en Chile. Bonnell aceptó y aterrizó en Santiago, 26 años atrás, sin plan. En su primer mes en Chile fue de invitado al sur a la casa del exministro Carlos Hurtado -había conocido a su hijo homónimo mientras éste estudiaba en Canadá-, y en un desayuno, el político le dijo: “¿Quieres un socio? ¿Por qué no vienes el lunes y armamos una empresa?”
Así nació Empírica, publicidad al interior de universidades, cines, pubs y gimnasios, un clon de la canadiense Zoom Media. Sumó como socios a Andrés Torrealba -entonces gerente de marketing de Adidas, hoy gerente de la División Chile de Parque Arauco- y a Pablo Córdova, que puso capital y sigue a su lado hasta hoy. Hurtado fue su mentor durante los primeros 10 años. En el camino tuvo que pitchear ante Joel Peterson, entonces presidente de JetBlue, para levantar US$ 500 mil y llevar sus negocios de medios a Estados Unidos. Bonnell recuerda perfectamente la escena, Peterson se quedó pensando en silencio y después dijo: “Mark, I like you. I’m going to invest. Who’s with me?”. Nadie más lo siguió.
Nace Modyo
Al quinto año concluyó que Empírica era una empresa sana pero difícil de escalar, y con la plata que quedaba inventaron Modyo, que partió como red social y plataforma de medios. Cuando llegó Facebook, Bonnell analizó los activos que tenían -buenos ingenieros, conocimiento de software- e hizo un pivote radical para crear una plataforma para que las grandes empresas manejaran sus portales y contenidos, un mercado entonces dominado por IBM y Oracle.
En 2012 vendió a Cinemark el negocio de publicidad en salas de cine que operaban con proyectores propios, y se enfocó 100% en Modyo. Ya tenían como clientes a Entel y BlackBerry, y ese mismo año entró BCI, el cliente que, dice, les cambió la vida.
Para financiar ese foco recurrió al ecosistema de los First Tuesday, las juntas de emprendedores donde entre 2008 y 2012 conoció, entre otros, a Oskar Hjertonsson y Daniel Undurraga, los fundadores de Needish que después crearían Cornershop. Hjertonsson lo conectó con Wenceslao Casares, el fundador de Patagon, quien había invertido en Needish. Casares le contestó que tenía plata en un fondo llamado Aurus y que fuera a visitarlo.
Aurus invirtió US$ 1 millón, más US$ 800 mil sujetos a metas, con una valorización cercana a US$ 7 millones.
Modyo se verticalizó en el mundo financiero: ganó como clientes a Santander, Banco de Chile y Consorcio. En 2018 facturaba entre US$ 3 y 4 millones, y Bonnell tenía una cifra en la cabeza: “La meta siempre tiene que ser más de 10. No es creíble si no es más de 10”.
Para lograr eso, abrieron Colombia y ganaron a la aseguradora SBS, en 2020 partieron a México y entró Banco Mifel. En el directorio, donde estaba presente el canadiense, un director preguntó por qué apostar por una empresa sin presencia en el país, y el dueño del banco, Daniel Becker, le contestó: “Because Mark can’t fuck up”.
Después vinieron Invex y Bancoppel. Hoy licencian tres productos para el frontend de instituciones financieras -sitios públicos y marketing, originación de clientes y canales transaccionales-. “Estamos reviviendo un puntocom en esteroides”, dice sobre la irrupción de la IA.
La venta
El proceso partió al revés. Bonnell y Córdova quisieron comprarle su participación a Aurus, y el fondo, que debía responder a sus aportantes, propuso un proceso formal para fijar el valor de la compañía.
A ese proceso llegaron tres interesados: una fintech extranjera valorizada en US$ 6 000 millones que quería pagar mayormente en acciones -”ni Pablo ni yo creíamos mucho en la valorización”, dice-; una gran empresa india que ya usaba Modyo; y Harris, la filial de Constellation Software.
Los socios en vez de comprar, terminaron vendiendo el 100% de la empresa a Harris, cuando Modyo pasaba los US$ 10 millones de facturación y crecía 30% al año. Bonnell no se arrepiente: “No había opción. Era lo correcto de hacer”.
Los no negociables
Harris les pidió que se quedaran trabajando en la empresa. Y hoy, tres años después, siguen ahí.
De Constellation, un grupo con cerca de mil empresas de software, destaca el estilo Warren Buffett de mirar fríamente los números y la descentralización: implementaron el playbook del grupo, cumplieron todas las metas del primer año y hoy operan con 83 personas, con rutinas que adentro llaman “los no negociables”, cuatro o cinco pilares que describe como la salsa secreta de la compañía. En su primer evento del grupo, el chairman preguntó al auditorio por cuánto tiempo compran las empresas, y la sala contestó a coro: “Forever”.
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