Hace tres años, Bastani y otros académicos de Wharton entregaron una versión de ChatGPT a mil escolares turcos para practicar matemáticas. Mientras tuvieron acceso a la herramienta, su desempeño mejoró un 48%. Cuando se la quitaron, rindieron un 17% peor que los alumnos que nunca la habían usado. Y no lo notaron: creían haber aprendido lo mismo. En paralelo, los investigadores probaron una versión de GPT-4 instruida para dar pistas en vez de respuestas. Con ella, el efecto negativo prácticamente desapareció.
En otro ensayo, el Banco Mundial trabajó con alumnos en Nigeria que usaron IA en parejas, bajo supervisión docente y con instrucciones diseñadas para promover el razonamiento, observando mejoras relevantes en inglés.
Todos conocimos al profesor particular que, a cambio de un incentivo lo suficientemente suculento, le hacía las tareas al alumno: las notas mejoraban hasta que debía enfrentarse la prueba. El bueno, en cambio, preguntaba, daba pistas y obligaba a pensar. La IA puede ser cualquiera de los dos. Depende de cómo se la use.
“La pregunta ya no es si los alumnos van a usar inteligencia artificial. Es si alguien en los colegios va a decidir cómo”.
Sería cómodo culpar a ChatGPT por el desplome en el desempeño educativo. El problema es que el deterioro comenzó mucho antes. Andreas Schleicher, creador de la prueba PISA, recordó en The Economist que la caída en lectura ya era visible entre niños de diez años en 2016, antes de la pandemia y, por cierto, de ChatGPT. Su conclusión no es que la IA no deba ser usada en los colegios, sino que necesita gobierno.
En Chile, el 51% de los alumnos de 15 años usa IA para aprender por cuenta propia al menos una vez por semana, cinco puntos porcentuales sobre el promedio de la OCDE. Sin haberlo decidido, Chile ya está replicando a escala masiva la versión sin resguardos del experimento de Bastani. Al mismo tiempo, el 75% de los docentes chilenos considera útil el uso de IA para planificar, frente al 53% del promedio OCDE. Sin embargo, un análisis de la UDD de los Planes de Mejoramiento Educativo encontró que, en 2025, de 6.221 establecimientos en el país solo el 1,1% mencionaba explícitamente la IA generativa. El contraste es difícil de ignorar: los alumnos ya la usan, los profesores la valoran, pero los colegios todavía no la han incorporado formalmente.
Integro de manera pro bono el directorio de un colegio y he visto de cerca cómo la tarea de los profesores se ha vuelto más exigente. Se les pide una planificación cada vez más personalizada, mientras deben manejar salas en las que cuesta más mantener la atención de los alumnos. No es un fenómeno local: según otro artículo de The Economist, los profesores de países con altos ingresos reportan que el tiempo que dedican solo a mantener el orden en la sala va en aumento.
Los propios autores del estudio de Bastani sugieren que la IA ayude también a los profesores, no solo a los alumnos. Hay evidencia de su potencial: en un ensayo de la Education Endowment Foundation con 259 profesores de 68 colegios ingleses, el tiempo de preparación de clases bajó de 81,5 a 56,2 minutos semanales con una guía de uso, sin pérdida de calidad según un panel independiente.
La pregunta ya no es si los alumnos van a usar inteligencia artificial. Es si alguien en los colegios va a decidir cómo.