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Columnistas

Las distancias que el sistema de salud puede acortar

PAULA BENDREGAL, PABLO CELHAY, CLAUDIA MARTÍNEZ A., VIVIANA SALINAS ACADÉMICOS UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE

Por:

Publicado: Miércoles 9 de septiembre de 2026 a las 04:00 hrs.

En Chile, el 17,7% de la población vive en situación de pobreza multidimensional y el 18,2% de esa carencia se debe a la dimensión de salud. Pero la relación entre la pobreza y la salud trasciende ese registro: en Santiago, la brecha en la esperanza de vida al nacer entre los percentiles 90 y 10 de ingreso alcanza los 8,9 años en los hombres y los 17,7 años en las mujeres. Proponemos mirar este fenómeno como un conjunto de distancias que pueden ampliarse y consolidar las brechas de origen, o acortarse oportunamente para modificar trayectorias.

La primera distancia se abre antes de la primera consulta médica. La atención de salud explica cerca del 20% de la mortalidad y los factores socioeconómicos cerca del 40%. Crecer en hogares de menores ingresos se asocia con alteraciones en el cerebro, las que se relacionan con mayor psicopatología. La acumulación de experiencias adversas, como la violencia, el abandono, se asocia con una pérdida de cerca de 20 años de vida, pero esta distancia se acorta cuando hay contrapesos. Un barrio seguro, una escuela acogedora, vecinos con quienes contar y un vínculo cercano con los padres predicen una mejor salud. El ingreso condiciona, pero no determina.

“Crecer en hogares de menores ingresos se asocia con alteraciones en el cerebro, las que se relacionan con mayor psicopatología”.

La segunda distancia se abre entre la cobertura y la atención. Dos personas con la misma previsión pueden enfrentar costos muy distintos para llegar a atenderse, porque el precio no es solo lo que se paga, sino también el tiempo de viaje, las horas de espera y el trabajo que se deja de hacer. Estos costos no se distribuyen de manera equitativa. Pero esta distancia se acorta cuando la capacidad sanitaria se acerca a las personas. En El Salvador, la incorporación de equipos comunitarios de salud aumentó las consultas preventivas en 37%, redujo en 8,5% las consultas curativas por enfermedades transmisibles sensibles a atención primaria y disminuyó en 10,8% las hospitalizaciones prevenibles. En Chile, la apertura de Servicios de Alta Resolutividad redujo en torno a 7% las visitas a urgencias hospitalarias —y cerca de 10% las respiratorias— sin aumentar la utilización total de urgencias. En ambos casos predominó la sustitución por atención más cercana por sobre la generación de nueva demanda. La cobertura es necesaria, pero no garantiza un acceso efectivo.

La tercera distancia se abre entre un derecho y su uso. La fecundidad adolescente cayó de 65 nacimientos por cada mil mujeres de 15 a 19 años en 1994 a cerca de 10 hoy, lo que constituye una buena noticia en salud pública. Pero la brecha socioeconómica se amplió en términos relativos, ya que en 1994 la tasa de La Pintana equivalía a quince veces la de Vitacura y hoy, a treinta y ocho. Algo similar ocurre con las Garantías Explícitas en Salud, donde los hogares de menores ingresos son quienes más las usan y, a la vez, quienes más pierden el beneficio por desconocimiento. Esto se repara cuando los servicios se diseñan para quienes enfrentan más barreras.

Estas tres distancias no son problemas aislados: recaen sobre las mismas personas y en sucesión, a lo largo de una misma vida. Ser madre adolescente incrementa en un 13,5% la deserción de la educación media y reduce en un 14,4% el acceso a la educación superior. Cuando estas distancias no se acortan, la mala salud deja de ser solo una consecuencia de la pobreza y pasa a ser uno de los mecanismos que la reproducen.

En cada distancia se pueden amplificar o corregir las desigualdades, y donde pueden haber oportunidades de eficiencia. Resolver antes y más cerca, evitar hospitalizaciones prevenibles, articular la oferta pública y privada según lo que cada territorio tiene y diseñar los programas para que lleguen a quienes más los necesitan son decisiones al alcance. Ahí es donde la salud pública puede cambiar trayectorias y contribuir a romper la transmisión intergeneracional de la pobreza.

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