¿Y si dejamos que la Cancillería trabaje?
JORGE SAHD K. Director Centro de Estudios Internacionales UC
Una de las fortalezas de Chile ha sido contar con una política exterior de Estado. Principios e intereses claros que, con distintos énfasis, han trascendido a los gobiernos de turno. Cuando esos énfasis se han intentado confundir con los principios, el resultado no ha sido bueno. No lo fue cuando gobiernos de izquierda coquetearon con una izquierda latinoamericana más respetuosa de las amistades políticas que de las instituciones. Tampoco lo sería un gobierno del Presidente Kast transformado en un gobierno trumpista-mileísta.
La última controversia por el estrecho de Magallanes es una buena prueba. Declaraciones desafortunadas, imprecisiones históricas y jurídicas de autoridades políticas y militares argentinas. Un decreto que se refiere al “control conjunto” sobre el estrecho, pese a ser una materia zanjada por el Tratado de Límites de 1881 y reafirmado por el Tratado de Paz y Amistad de 1984, que reconoce claramente la soberanía. Todo ello da cuenta de una falta de seriedad de autoridades argentinas para abordar temas sensibles.
¿Se imagina usted si estos episodios hubiesen sido protagonizados por autoridades chilenas?
“A diferencia de la política doméstica, donde la trinchera y la estridencia mandan, la política exterior se trata de relaciones entre Estados más que entre gobiernos”.
Y aquí está el punto. Las relaciones exteriores no se ganan por quién hace más ruido, sino por quién es más serio. Porque, a diferencia de la política doméstica, donde la trinchera y la estridencia mandan, la política exterior se trata de relaciones entre Estados más que entre gobiernos, y entre países más que entre grupos afines políticamente. Y sus efectos son mucho más permanentes.
Esto vale para la relación con Argentina, para nuestra negociación arancelaria con Estados Unidos o para el desafío estratégico que representa el ascenso de China. La sobrerreacción es una mala idea y la estridencia, un pésimo consejero. Una declaración clara y contundente basta. No necesitamos responder cada frase proveniente del país vecino, menos aún aquellas cuya debilidad obliga a sus propios emisores a rectificarlas.
“Argentinizar” el estilo de nuestra política exterior sería un grave error. La “pelea de barro” es una pelea chica. Y Chile, si realmente aspira a ser un país desarrollado y uno de los más respetados de la región, debe estar para peleas grandes.
Nuestra soberanía no está en juego. El derecho internacional está de nuestro lado. Y, en el plano estratégico, lo que necesitamos son Fuerzas Armadas bien preparadas, dotadas y financiadas, como elemento disuasivo.
Por eso, una interpelación al canciller -por legítima que sea como instrumento democrático- llega en un momento particularmente inoportuno. Justamente, cuando necesitamos un país unido y con foco, se opta por dividir, atrincherarse políticamente y buscar la ganancia fácil por ciertos actores políticos.
También quienes somos analistas tenemos una responsabilidad. No caer en la tentación del aplauso fácil cuando están involucrados asuntos tan sensibles para el interés nacional como la soberanía. A veces la sobriedad y la prudencia son mejores respuestas, incluso cuando el ruido parece ensordecedor.
Dejemos que la Cancillería haga su trabajo. Tiene la experiencia, la institucionalidad y la tradición diplomática para hacerlo. Y cuidemos un activo que Chile ha construido durante décadas: una política exterior de Estado que nos ha permitido ser reconocidos como un país serio, creíble y confiable. Un activo que muchos países de la región quisieran tener. Y que nosotros no deberíamos darnos el lujo de perder.