Los desafíos de la IA que no estamos mirando
ANA MARÍA MONTOYA ECONOMISTA, RED PROCOMPETENCIA, ACADÉMICA ESCUELA DE GOBIERNO UAI
En Chile, el debate sobre la IA suele girar en torno a tres preguntas: cómo cambiará la educación, qué empleos reemplazará y cómo regularla. Pero hay otros canales, casi no discutidos, por los que la IA ya opera.
El primer canal es el cobre. El precio supera los US$ 6,5 la libra y parte del entusiasmo proviene de la inversión proyectada en centros de datos. Pero estos pesan poco en el consumo de cobre. Según proyecciones de S&P, su demanda pasaría de 1,1 a 2,5 millones de toneladas, mientras el consumo mundial subiría a unos 40 millones: menos de 7%. Si el precio reacciona a la IA más de lo que esta consume, el mercado está pagando expectativas de inversión futura, no consumo actual.
El FMI advirtió este mes que aumentó el riesgo de una corrección en los activos ligados a la IA: detectó unos US$ 650 mil millones en deuda entre empresas del sector, a cambio de compromisos de ingresos futuros. Es una apuesta financiada con deuda: si esos ingresos no llegan, las expectativas se corrigen, y con ellas parte del precio del cobre. Ese mismo riesgo se refleja en el precio de referencia del Presupuesto 2027, que subió de US$ 4,38 a US$ 5,37 la libra, con la IA entre sus argumentos. Si parte de ese precio es mera expectativa, estamos financiando gasto permanente con un ingreso que puede ser transitorio. El tipo de cambio amortigua el golpe, pero no es una estrategia.
“La IA no solo afecta la educación y el empleo; también el cobre, las redes y las pensiones”.
El segundo canal son las redes de telecomunicaciones. Según la Subtel, el tráfico de datos móviles creció 16,1% en el último año y la IA recién empieza. Una red es una plataforma de dos lados: conecta a usuarios con proveedores de contenidos y servicios. La Ley de Neutralidad de Red impide discriminar el tráfico según su origen, lo que deja una pregunta abierta: quién financia la inversión que exige más tráfico. Sin respuesta, el ajuste vendrá por menos inversión o menos competidores. En ambos casos, equilibrios no deseados que termina pagando el consumidor.
El tercer desafío es regulatorio. Una corrección de la IA golpearía a la vez el cobre, la infraestructura digital y los fondos de pensiones: se estima que al menos 7% de sus activos está en ETF del S&P 500, de crecimiento, de tecnología y de Taiwán, índices donde pesan fuerte las empresas de IA. Son tres exposiciones a una misma apuesta: eso no es diversificación. Y cada riesgo lo mira un regulador distinto; nadie mira la suma.
Otros países ya abrieron la discusión. En Europa, los operadores propusieron que las plataformas con más tráfico paguen parte de las redes; la Comisión Europea lo dejó fuera de su Ley de Redes Digitales, pero el Parlamento estudia enmiendas. En Brasil, la Anatel, el regulador de telecomunicaciones, abrió en marzo una consulta sobre los deberes de las grandes plataformas, incluido el tráfico de IA. En Chile, aún no empieza.
La IA no solo afecta la educación y el empleo; también el cobre, las redes y las pensiones. Dimensionar sus efectos exige mirar la economía completa, no un sector a la vez.