Sandra Ortega, la mujer más rica de España, ha pasado casi toda su vida en Oleiros, una pequeña localidad de la costa coruñesa, frente al Atlántico y expuesta a los vientos del noroeste.
A sus 58 años, protege hasta tal punto su intimidad y lleva una vida tan corriente que, “con todo lo que tiene”, apenas hay nada que delate su inmensa fortuna, dice Ángel García Seoane, alcalde de la localidad.
Sandra es la segunda mayor accionista de Inditex SA, propietaria de Zara, solo por detrás de su padre, Amancio Ortega, confundador de la compañía. Su participación del 5,05% está valorada actualmente en unos 8.500 millones de euros (US$ 9.500 millones). Su hermanastra Marta, presidenta de Inditex, es la figura más visible de la nueva generación de los Ortega.
Pero Sandra, hija de Amancio y de su primera esposa, ha amasado una enorme fortuna sin desempeñar ningún papel en la empresa que fundaron sus padres y que hoy es el mayor grupo de distribución de moda del mundo.
Cuando Amancio, que tiene 90 años y un patrimonio neto de unos US$ 125.000 millones, fallezca, la fortuna de Sandra crecerá previsiblemente de forma sustancial. Según la ley gallega, al menos una cuarta parte del valor de su patrimonio corresponderá a sus descendientes. Eso supondría que cada uno de sus tres hijos —Sandra, su hermano Marcos, una persona con parálisis cerebral, y Marta— recibiría como mínimo US$ 10.400 millones, de acuerdo con la estimación de su fortuna que realiza el Bloomberg Billionaires Index. La herencia no tiene por qué materializarse necesariamente en acciones de Inditex, pero la participación que Sandra ya posee le confiere un peso poco habitual.
La única relación directa de Sandra con la actividad de Inditex ha sido a través de su marido, que ha ocupado puestos discretos en la compañía vinculados a las instalaciones y la innovación. Sus tres hijos, ya adultos, no han participado en el negocio y nada parece indicar que eso vaya a cambiar cuando Amancio Ortega ya no esté. Pero los descendientes de sus dos matrimonios apenas han tenido trato entre sí durante décadas. De ahí la incógnita que se plantea a los inversionistas: cómo se relacionarán los accionistas de la familia cuando desaparezca el vínculo que hoy los une.
“La vulnerabilidad no está hoy; llegará el día en que las acciones de Amancio Ortega cambien de manos”, afirma Martin Roll, estratega internacional especializado en empresas familiares y asesor sénior de McKinsey & Co. “Un accionista pasivo con una participación mucho mayor, sin asiento en el consejo y sin antecedentes que permitan saber cómo votará cuando llegue el momento se convierte en una variable estratégica para todos los que están alrededor de la mesa, incluidos los inversores externos”.
Es posible, desde luego, que Amancio ya haya diseñado cómo se repartirá o gestionará la participación de casi el 60% que su sociedad holding, Pontegadea, posee en Inditex. También puede haber establecido un pacto de accionistas y una estructura de gobierno familiar que no se hayan hecho públicos.
Aun así, la forma en que colaboren los accionistas de una familia suele ser decisiva para el futuro de este tipo de empresas, señala Alfonso Chiner, profesor del IESE especializado en compañías familiares. “Los accionistas de una empresa familiar necesitan compromiso y unidad”, afirma. “El predecesor, la sucesora, la empresa y la familia tienen que tener un plan conjunto, paralelo y organizado”.
Representantes de Sandra, Inditex y Pontegadea declinaron hacer comentarios. Sandra declinó las peticiones de entrevista y tampoco facilitó el acceso a ningún miembro de su equipo. Sin embargo, el testimonio de una docena de personas de su entorno dibuja el perfil de una multimillonaria reacia al protagonismo, que rehúye los símbolos de riqueza mientras Inditex sigue aumentando su fortuna.

La sede central y centro de distribución de Inditex.
Inditex tiene su sede en Arteixo, a las afueras de A Coruña, una ciudad portuaria de playas de arena y calles adoquinadas donde Amancio Ortega vive en un edificio del siglo XIX con galerías acristaladas frente al mar. A poca distancia, tras una fachada similar, se encuentra la oficina desde la que Sandra gestiona su patrimonio familiar.
Aunque apenas unos metros separan ambos edificios, padre e hija estuvieron distanciados durante años, reflejo de una ruptura familiar que marcó el lugar de Sandra en la historia de Inditex.
Hace más de cuatro décadas, sus padres se separaron después de que la relación de Amancio con Flora Pérez, empleada de Inditex, diera lugar al nacimiento de una hija, Marta.
Las dos familias apenas tuvieron relación entre sí. Con el tiempo, sin embargo, Amancio y Sandra recompusieron su relación, según personas conocedoras de la situación, que pidieron el anonimato por tratarse de asuntos privados.
Una historia marcada por Zara
La fortuna de Sandra, que hoy gestiona a través de su oficina patrimonial y de una fundación, tiene su origen en la creación de Zara por sus padres a mediados de los años 70.
Su madre, Rosalía Mera, nació en A Coruña en 1944 y creció en la pobreza. Su casa daba a una playa en la que el desagüe de un matadero vertía al mar sangre y desperdicios. Dejó la escuela a los 11 años y empezó a trabajar como costurera para ayudar a mantener a su familia. Con el tiempo entró en una mercería llamada La Maja, donde conoció a quien sería su marido, Amancio Ortega.
Al principio eran cuatro: Mera, Amancio, el hermano de este, Antonio, y su cuñada Primitiva Renedo, según Xabier Blanco, biógrafo de los fundadores de Zara. Mera y Renedo comenzaron cosiendo saquitos para bebés, pero el producto que les permitió dar el salto fue una bata acolchada para mujer, una versión más barata de un modelo que triunfaba entonces. La producción dejó de concentrarse en la casa de Renedo y se extendió a una red de mujeres que cosían en talleres y en sus propios domicilios, mientras Amancio y Antonio se ocupaban de las ventas y la distribución.

Rosalía Mera en A Coruña en una foto de archivo de 2010.
Mera y Amancio tuvieron dos hijos: Sandra, en 1968, y Marcos, nacido tres años después con parálisis cerebral. Mera asumió pronto buena parte de los cuidados, mientras Amancio se volcaba en el negocio. Tras un primer intento fallido, en 1975 abrieron Zara, la marca insignia de lo que hoy es Inditex. A medida que el negocio crecía a finales de los años setenta, la relación de la pareja se fue deteriorando. En 1984 se separaron, después de que Amancio hubiera formado una nueva familia con Pérez y Marta.
Tras la separación, Mera siguió siendo una de las principales accionistas de Inditex, aunque su participación fue disminuyendo con los años. Se mantuvo en gran medida al margen de la gestión cotidiana, pero continuó siendo una consejera comprometida y de opiniones firmes, según su biógrafo, Blanco.
Cuando Inditex salió a Bolsa en 2001, la empresa había alcanzado ya unas dimensiones enormes y su valoración se contaba por miles de millones. Mera vendió la mitad de su participación, conservó un 7% y siguió siendo la segunda mayor accionista, por detrás de Amancio. Abandonó el consejo de administración en 2004 y, cuando murió en 2013, Sandra heredó sus acciones.
"Que no se notara que eran ricos"
Sandra siguió en gran parte los pasos de su madre, que se había volcado en la filantropía a medida que se alejaba de Inditex. Mera defendió el derecho al aborto y centró su actividad en ámbitos como la educación y la inclusión social. De carácter fuerte, provocó cierta polémica en 2011 al manifestar públicamente su apoyo a los “indignados”, un movimiento de protesta ciudadana surgido tras la crisis financiera.
Pese a su fortuna, Mera tenía fama de austera. Se movía por la ciudad en un pequeño coche con el emblema de una de sus organizaciones y regateaba hasta el último céntimo. Su relación con la riqueza estuvo marcada por su infancia, explica Antonio Pernas, diseñador coruñés nacido el mismo año que ella.
Los emigrantes que regresaban de América solían exhibir su recién adquirida prosperidad con ropa de colores vivos y pañuelos estampados, y a cualquiera que vistiera con cierta ostentación se le recibía entre burlas al grito de “¡Hay barco!” — como si fuera uno de aquellos retornados convertidos en nuevos ricos, recuerda Pernas. Mera mantuvo durante toda su vida una profunda aversión a las demostraciones ostentosas de riqueza.
“Sandra tenía mucha más obsesión que su madre de que no se notara que eran ricos”, afirma Pancho Casal, productor cinematográfico cuya compañía contó con el respaldo de Mera.

Trabajadores del departamento de patronaje en la sede de Inditex en A Coruña, España, el jueves 26 de septiembre de 2024.
Las únicas fotografías de Sandra que circulan por internet corresponden al funeral de su madre, hace más de una década. Pasó la infancia en un barrio de clase media de A Coruña. En la época en que sus padres se separaron, pidió dejar el colegio católico al que acudía y trasladarse a un centro público situado al otro lado de la ciudad, donde conoció a su marido. Estudió Psicología en una universidad pública antes de incorporarse a Paideia, una fundación creada por su madre con fines de transformación social.
Con todo, su oficina patrimonial, Rosp —acrónimo de Rosalía Patrimonio—, ha seguido realizando inversiones de gran calado en todo el mundo. Según las últimas cuentas disponibles, su beneficio aumentó un 2% en 2025, hasta los 307 millones de euros, y sus activos superaban los 11.000 millones de euros. Sus tres hijos se incorporaron al consejo de la sociedad en 2024.
Su principal activo es la participación en Inditex, que este año le reportará 275 millones de euros en dividendos. También posee un 5% de PharmaMar, una pequeña compañía española especializada en tratamientos oncológicos, e invierte en una amplia variedad de fondos de capital riesgo y de capital inversión, en su mayoría radicados en España. Aunque Sandra ha evitado el estilo de vida de los ricos y famosos, su oficina patrimonial ha construido con los años una enorme cartera de hoteles de lujo y activos inmobiliarios repartidos por todo el mundo.
Entre los activos de Rosp figuran hoteles emblemáticos como el Waldorf Towers de Miami Beach, un edificio art déco de 1937 situado en Ocean Drive, y El Prado, en Palo Alto. El histórico restaurante italiano de este último tuvo entre sus clientes a Steve Jobs, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg antes de cerrar este año. Rosp compró este año el Radisson Blu de Leicester Square, en Londres, por €142 millones. En Portugal lleva más de una década financiando el desarrollo de Na Praia, un complejo de lujo formado por villas y suites de hotel con vistas a uno de los tramos de costa más exclusivos del país.
“No estamos ante una mujer a la que no le interese el dinero,” afirma Roll, de McKinsey.
Aunque Sandra cuenta con un pequeño equipo que lleva las riendas de su oficina patrimonial, no se desentiende por completo de la gestión. Así quedó patente en 2020, cuando decidió despedir a su director de inversiones, que había trabajado primero para su madre y después para ella, en medio de unas acusaciones de fraude que la arrastraron a una sucesión de litigios.

El hotel Waldorf Towers, en Ocean Avenue, en South Beach.
Beneficencia y nada en redes sociales
Su actividad personal gira en torno a la fundación benéfica, que el año pasado contó con un exiguo presupuesto de unos 3,5 millones de euros.
Sandra apenas hace apariciones públicas, ni siquiera cuando se trata de la fundación. En el apartado de “contacto” de su página web se afirma que su presidenta “no posee perfiles ni realiza actividades en las redes sociales” y que tampoco participa en “ningún tipo de diálogo público relativo a iniciativas sociales o filantrópicas, actividades empresariales o de cualquier otro índole”.
En 2024 dejó entrever de manera excepcional su forma de ver la vida durante la inauguración en Oleiros de un parque dedicado a su madre. Financiado por ella, el proyecto conservó los árboles antiguos, los muros de piedra y las irregularidades del terreno, e incorporó más de 200 especies vegetales, cajas nido para aves y un estanque en el que croan las ranas. Algunas zonas permanecen a oscuras por la noche para no alterar los ritmos circadianos de los animales. Un año después, en un documental sobre el parque, Sandra recordó su infancia y reflexionó sobre la idea de crear “un espacio verde en lugar de construir viviendas”.
“Creo que este es un espacio que permite a la gente pararse y estar en el mundo, durante un ratito, de otra manera”, dice en voz en off al final del documental.