Cuando se habla de desempleo en Chile, la atención suele ponerse en los jóvenes, y con razón. Pero las cifras del trimestre julio-septiembre muestran que el problema tiene dos puntas. Con un millón de personas desempleadas y una desocupación sobre 9%, jóvenes y mayores de 55 son los grupos donde el mercado laboral más se ha deteriorado respecto de 2019, mientras los trabajadores de edad intermedia concentran la recuperación.
Entre los 15 y 24 años el desempleo llega a 24,4%, casi seis puntos más que en 2019, y la tasa de ocupación cayó de 26% a 22%. Con la ocupación de entonces habría unos 110 mil jóvenes más trabajando. No es solo falta de puestos: el comercio, principal empleador juvenil, tiene hoy un número de ocupados similar al de 2019, pero con 53 mil jóvenes menos.
La otra punta recibe menos atención, aunque su brecha es mayor. Como la población de 55 años y más creció en casi un millón de personas, el número de ocupados de ese grupo aumentó. Pero su tasa de ocupación bajó de 45% a 39%: con la de 2019 habría unos 280 mil mayores de 55 más trabajando. Y no se trata solo de retiro voluntario. El desempleo entre los 55 y 64 años casi se duplicó, de 4,0% a 7,0%, y sobre los 65 pasó de 2,2% a 4,9%. Hay más mayores buscando trabajo sin encontrarlo.
“Los jóvenes que entran al mercado laboral en períodos de bajo empleo arrastran por años menores salarios y trayectorias más inestables. Los mayores que salen antes de lo que quisieran cotizan menos y reciben peores pensiones”.
La teoría del capital humano ayuda a entender por qué el ajuste recae en ambos extremos. Contratar implica invertir en formar al trabajador, y esa inversión se recupera con el tiempo. En un joven sin experiencia, el retorno es incierto: al inicio su salario puede superar su productividad. En un mayor, el horizonte para recuperarla es más corto, y persiste además la discriminación etaria. Cuando aumentan la incertidumbre y los costos laborales, las empresas pueden preferir a quienes minimizan ese riesgo: trabajadores de edad intermedia, con experiencia probada y muchos años de trabajo por delante. El resultado es un mercado laboral que se estrecha hacia el centro.
La estructura productiva refuerza el patrón. Los sectores que más crecen, como salud, minería y servicios profesionales, emplean pocos jóvenes, y los que más empleo perdieron, agricultura y servicio doméstico, tenían la fuerza laboral más envejecida. La automatización de tareas rutinarias, a su vez, afecta tanto a los empleos de entrada como a los de trabajadores mayores con menor calificación.
Las consecuencias se extienden en el tiempo. Los jóvenes que entran al mercado laboral en períodos de bajo empleo arrastran por años menores salarios y trayectorias más inestables. Los mayores que salen antes de lo que quisieran cotizan menos y reciben peores pensiones, cuando la expectativa de vida es cada vez mayor. Y en una población que envejece, el empleo total dependerá cada vez más de quienes tienen más de 55. Ambos fenómenos tienen además un costo fiscal: menos cotizaciones, más presión sobre la Pensión Garantizada Universal y más gasto en transferencias.
Los subsidios a la contratación juvenil, como Talento Joven, son necesarios, pero no bastan. Se requiere una mirada de ciclo de vida: bajar el costo de entrada para quienes no tienen experiencia y facilitar la permanencia y recontratación de los mayores, con capacitación, jornadas flexibles y reglas que no penalicen trabajar más años. Recuperar el empleo exige recuperarlo en ambas puntas.