2008. Eduardo “Coco” Oderigo llevaba 15 años trabajando en el Poder Judicial argentino viendo causas ligadas a secuestros, narcotráfico y delitos violentos. Jugaba rugby en el San Isidro Club y no tenía contacto habitual con cárceles, hasta que un amigo contador que practicaba el deporte con él y era fanático de las historias policiales le insistió que quería conocer un penal “para ver cómo vivían ahí adentro”.
“Acepté para sacármelo de encima”, cuenta Oderigo. Fueron a la Unidad Penal N°48 de máxima seguridad de San Martín y lo que vio adentro lo removió: presos sin nada que hacer, encerrados, violentos y mirando con hostilidad a quienes entraban. “Así, esta gente sale peor de lo que entra”, recuerda haber pensado.
Se le ocurrió, entonces, que debía hacer algo más: “Pensé que un deporte de contacto podía ayudar a canalizar toda esa agresividad. El rugby me había hecho muy bien a mí, me enseñó respeto, disciplina y trabajo en equipo. Quise probar si eso también podía funcionar ahí adentro”.
En marzo de 2009 volvió solo a la cárcel para proponerle su idea al director del penal. Le respondió que era imposible, que llevar “un deporte extremadamente violento a personas extremadamente violentas era como tirar nafta al fuego”. Oderigo insistió e inventó que era amigo del gobernador de la provincia. Ahí, cuenta, el director terminó aceptando, creyendo que Oderigo vendría sólo un par de veces y que se aburriría como ya había pasado con otros talleres en la cárcel.
El primer entrenamiento reunió a 10 internos de los pabellones de máxima seguridad que nunca habían visto una pelota ovalada de rugby. Entre ellos estaba uno de los líderes negativos de la cárcel apodado “Gordis”, que medía más de dos metros y pesaba más de 140 kilos. Oderigo, de apenas un metro 70, lo convenció de entrenar proponiéndole que corriera con la pelota mientras él intentaba tacklearlo. El preso le dijo que lo iba a “hacer mierda”, pero Oderigo lo botó dos veces al suelo. A partir de ahí, el Gordis y los otros presos comenzaron a engancharse.
No dejó de ir a entrenar a los presos ni un solo martes y, con el paso de las semanas, dentro del equipo dejaron de consumir drogas para no llegar mal a las prácticas, mientras otros comenzaron a ordenar la convivencia interna para jugar mejor. Pero eso también generó tensiones con el personal penitenciario ya que muchos veían el rugby como “más trabajo” por tener que abrir las celdas o trasladar lesionados al hospital.
Un año después, Oderigo organizó el primer partido de reclusos contra policías fuera de la cárcel. El abogado fue juez por juez pidiendo permisos individuales para que los internos pudieran salir a jugar. “Nadie quería hacerlo. Nos decían que se iban a matar”, recuerda. Aun así, logró reunir las autorizaciones necesarias y convencer a un equipo de la Policía Metropolitana. El equipo de los condenados ganó 14-12. Al día siguiente, los diarios argentinos titularon: “En el poli-ladrón ganaron los presos”.
La Fundación Espartanos
Con el paso de los años, el grupo comenzó a consolidarse dentro de la Unidad 48. Oderigo llevaba tiempo pidiendo un pabellón exclusivo para quienes participaban del programa, pero las autoridades penitenciarias se negaban porque implicaba mezclar internos de distintos barrios y niveles de peligrosidad.
La oportunidad apareció cuando el pabellón 8 quedó inutilizable tras una pelea entre reclusos. Estaba inundado y destruido. Ese fue el primer pabellón Espartanos.
Con el tiempo, el modelo se expandió dentro del penal hasta abarcar los pabellones 7 al 12, todos ligados al programa. Fue también ahí donde comenzó a rezarse el rosario cada viernes, incorporando la dimensión espiritual que luego se transformaría en uno de los cuatro pilares del proyecto.
En 2015, 10 exinternos que ya habían recuperado su libertad viajaron junto a voluntarios a Roma para visitar al Papa Francisco. El Pontífice los recibió el 29 de octubre de ese año en Santa Marta y les dijo una frase que terminó marcando el rumbo de la organización: “En el arte de ascender, lo importante no es no caer, sino no permanecer caído”.
A la vuelta de ese viaje decidieron construir la primera cancha de pasto sintético de rugby dentro del penal, financiada con apoyo privado y construida por los propios internos. La idea era convertir el rugby en algo aspiracional dentro del penal. Con el tiempo, se anotaron tantos reos que comenzaron a hacer múltiples turnos de entrenamiento durante la semana.
Convencidos de que el proyecto ya no podía seguir funcionando sólo como una actividad de voluntariado semanal y que necesitaba transformarse en una estructura permanente, decidieron formalizar la creación de Fundación Espartanos. El nombre nació porque uno de los internos veía en el penal todos los días la película 300 -sobre el rey espartano Leónidas y sus 300 guerreros- y lo propuso.
Los cuatro pilares
Hoy Fundación Espartanos funciona sobre cuatro pilares: rugby, espiritualidad, educación e inserción laboral. El rugby funciona como puerta de entrada; la espiritualidad, como espacio de contención; la educación incluye cursos y capacitaciones; y el trabajo apunta a evitar que quienes recuperan su libertad vuelvan al delito. Esta última funciona con un sistema llamado “Entretiempo”, donde los ex internos trabajan durante tres meses en empleos de transición antes de pasar a compañías de mayor tamaño. Según explica Oderigo, ahí se prueban hábitos laborales básicos como el cumplimiento de horarios, asistencia y adaptación, antes de hacerlos entrar a las grandes empresas. Actualmente, según datos de la fundación, más de 130 ex internos trabajan en cerca de 100 empresas. Según Oderigo, la reincidencia en quienes pasan por el programa baja del 75% a 5%. Espartanos ha jugado contra Los Pumas y contra All Blacks. Según indica la manager de Oderigo, Agustina Lanusse, la fundación opera en 69 unidades penitenciarias de 21 provincias argentinas y suma cerca de 3 000 jugadores. El modelo se expandió a Kenia, Uruguay -allí el sistema tomó fuerza bajo el nombre “Fénix” y recibió respaldo público del presidente Luis Lacalle Pou-, y existen iniciativas ligadas a Espartanos en Perú, España y El Salvador.
Oderigo estará en Chile entre el 1 y el 5 de junio. Traído por el apoyo de 15 estudios de abogados más el apoyo de la Fundación Pro Bono y el auspicio de algunas empresas, participará en actividades organizadas por Fundación Pro Bono, UDD, ICARE y la Asociación de Rugby de Santiago, además tendrá reuniones con el Ministerio de Justicia, la cárcel de San Miguel y la Fundación Paternitas. La idea detrás del viaje, explica Oderigo, es generar puentes entre empresarios, voluntarios y el sistema penitenciario chileno para ampliar el modelo de reinserción que ya funciona en Valparaíso.
La serie Espartanos comenzó a tomar forma el 2017 cuando Agustín Pichot, un exrugbista de la selección argentina, convenció a Oderigo que la historia de la fundación tenía potencial para transformarse en una producción audiovisual. Fue el mismo Pichot quien empezó a mover el proyecto dentro de Disney y a buscar financiamiento para desarrollar la serie.
Según cuenta “Coco”, muchas de las escenas de la serie están basadas en hechos reales, aunque condensados en menos personajes. “Son cuatro historias en una”, explica. Situaciones como el conflicto con supervisores penitenciarios, el traslado de internos, las recaídas en drogas o el robo cometido por un exintegrante del programa a la misma fundación, efectivamente ocurrieron, aunque fueron mezcladas narrativamente para la serie.
Disney finalmente aprobó la producción y la serie fue estrenada en 2024. Cerca de 1,5 millones de personas la han visto en Argentina. Según cuenta Oderigo, en este momento se está escribiendo una segunda temporada aunque aún debe ser aprobada por Disney.