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REGÍSTRATE AQUÍLas razones del estallido, con sus bemoles naturalmente, siguen presentes en la sociedad chilena y, en algunos casos, incluso se han agravado.
Por: J. J. Jinks
Publicado: Sábado 17 de octubre de 2026 a las 21:00 hrs.
“Córtala con seguir pegado con el 18 de octubre. ¿Hasta cuándo va a durar esto?”, me decía hace poco un buen amigo apenas yo sacaba la fatídica fecha a colación. La verdad es que no tengo respuesta a su pregunta, pero lo que sí tengo claro es que el trauma sigue vivito y coleando dentro de mí. He leído varios libros, decenas de artículos y escuchado muchas horas de podcasts buscando darle tranquilidad a mi cabeza sobre las razones y proyecciones del llamado estallido social. Por supuesto, no he avanzado mucho en mis cavilaciones, pero el saciar, aunque sea parcialmente, el apetito por información logra calmar en buena medida la ansiedad que me provoca el tema.
No pretendo dar mi propia explicación al 18-O -principalmente porque carezco de ella, lo que es una buena razón-, pero sí puedo repetir con cierta elocuencia en una sobremesa las ideas que le he robado a otros. Sugiero partir cualquier hipótesis de explicación señalando que un fenómeno como este necesariamente es multicausal. No es que eso sea un gran aporte -más bien es una obviedad del porte de un buque-, pero asegura quedar frente a la audiencia como una persona que ha reflexionado con cierta profundidad sobre el tema.
No se puede comenzar a enumerar razones sin partir por el estancamiento económico en el cual se encontraba sumido el país en 2019. Los años dorados de Chile se habían acabado y si bien, el crecimiento de ese momento hoy lo miramos con ojos largos, los chilenos ya habían comenzado a padecer un cúmulo de malas decisiones tanto en el campo político como económico. Por su parte, la promesa de la educación universitaria como pasaporte a una vida mejor que la de los padres llevaba un tiempo ya evaporándose. La combinación de universidades mediocres y estudiantes mal preparados terminó por no poder ser absorbida por un mercado laboral constreñido y la desilusión, frustración y rabia de familias enteras se diseminó por el país como un virus silencioso.
La elite del país llevaba años bajo duro cuestionamiento: tirios y troyanos envueltos en el financiamiento irregular de la política, varios casos de colusión en productos ultrasensibles para la ciudadanía, la Iglesia Católica acorralada por los abusos sexuales en su interior, solo por recordar el ambiente preestallido. Si a eso se le suma una dirigencia política desconectada de los dolores diarios de una población endeudada y desilusionada que lo estaba pasando mal en su día a día formaron el caldo de cultivo perfecto para el reventón.
Si usted revisa la situación de hoy, no estamos muy distinto en la mayoría de los aspectos. Las razones del estallido, con sus bemoles naturalmente, siguen presentes en la sociedad chilena y, en algunos casos, incluso se han agravado. ¿Qué nos protege? Lo único que nos protege es el recuerdo del estallido. El no olvidar lo que significó la destrucción material del metro, supermercados, parroquias, museos, etc. El no olvidar la violencia desatada durante meses, el fuego y la humillación a toda hora y en todo lugar. El no olvidar que la democracia se tambaleó bien tambaleada y que, si no fuera por las decisiones del presidente Piñera en sus horas más oscuras quién sabe dónde estaríamos hoy.
No olvidar es nuestro resguardo. Como es evidente, yo estoy muy lejos de hacerlo, pero de mi amigo no estoy tan seguro.
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