Recuerdo esa mañana de enero en Icare cuando el entonces presidente electo José Antonio Kast hizo su debut frente al mundo empresarial. En una sala llena, el ambiente transmitía entusiasmo. El Presidente y el ministro Jorge Quiroz hablaban de un cambio profundo. Había un plan claro. Empresarios, autoridades y buena parte de la ciudadanía parecían mirar en la misma dirección. En enero, el 66% de los chilenos se declaraba optimista respecto del futuro del país, la cifra más alta de los últimos ocho años.
Seis meses después, el escenario es distinto. El shock externo, reflejado con dureza en el alza del precio de los combustibles, cambió las condiciones. Iniciado el segundo semestre, hemos asumido que será mucho más difícil de lo que gobierno, empresarios y ciudadanos proyectábamos en enero. En Cadem lo vemos cada semana: la preocupación por el empleo, la inflación y la economía ha ido apagando la esperanza y ha dado paso a la decepción.
Es un ánimo comprensible. Después de cinco meses de contracción económica, las proyecciones de crecimiento se han deteriorado y el desempleo alcanzó niveles muy preocupantes. Pero Chile sigue contando con fortalezas que muchos países envidiarían, como instituciones que funcionan, un gobierno que respeta el Estado de Derecho y las reglas de la democracia, una deuda pública que, aunque preocupa por su evolución, sigue siendo inferior al promedio de los países comparables, y recursos naturales estratégicos para la transición energética. Además, el gobierno enfrenta esta crisis con una ventaja poco habitual, su programa original centrado en economía y seguridad, se mantiene alineado con las prioridades de la ciudadanía.
“Que las familias estén preocupadas es comprensible. Lo que no puede ocurrir es que ese pesimismo termine instalándose también en quienes deben invertir, emprender y generar empleo”.
Los estados de ánimo también se contagian. Que las familias estén preocupadas es comprensible. Lo que no puede ocurrir es que ese pesimismo termine instalándose también en quienes deben invertir, emprender y generar empleo. Sería el peor error posible, precisamente cuando más necesitamos recuperar el dinamismo.
Si se aprueba la “megarreforma” que impulsa el gobierno para reactivar la economía, será un buen punto de partida. Pero no bastará. Se requieren más reformas. Habrá que simplificar el sistema de permisos, avanzar hacia una mayor flexibilidad laboral con mecanismos efectivos de protección para los trabajadores, modernizar el empleo público y hacer más eficiente el Estado. Son reformas que toman tiempo, exigen acuerdos difíciles y que no pueden depender del ánimo del momento.
No permitamos que el desánimo se transforme en resignación. Esa es la responsabilidad de quienes lideran la política y el mundo empresarial, cada uno en el rol que le corresponde. Es fundamental sostener la confianza necesaria para seguir impulsando las reformas que Chile necesita, incluso cuando el contexto económico es adverso. Que la ciudadanía esté preocupada debe ser un motivo para actuar con mayor decisión, no una excusa para detenerse. El empresariado está llamado a mantenerse activo, sin espacio para el pesimismo ni el escepticismo.
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