Índice Global de Innovación 2026: Chile retrocede en resultados
EDUARDO BITRAN Académico de la Facultad de Ingeniería y Ciencias UAI
El Índice Global de Innovación 2026 (GII), elaborado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, mantiene a Chile en el puesto 51 entre 139 economías, por tercer año consecutivo. Sin embargo, en resultados de innovación cae al lugar 70: un retroceso de 14 posiciones respecto de 2023 y de siete frente al año pasado.
Chile presenta mejores posiciones en insumos de innovación, con fortalezas en calidad universitaria, cobertura de educación superior, infraestructura digital e institucionalidad económica. Los resultados de innovación consideran exportaciones intensivas en conocimiento, manufacturas de alta tecnología, economía creativa y propiedad intelectual, entre otros. La distancia entre ambas dimensiones sugiere dificultades para traducir capacidades científicas, capital humano e infraestructura en impacto económico.
Este déficit se refleja en la brecha entre insumos y resultados de innovación. Aunque no mide la eficiencia directamente, un diferencial persistente alerta sobre trabas para transformar capacidades en productividad y crecimiento. Entre 2023 y 2026, la brecha de Chile se amplió de ocho a 29 puestos, siendo el único con un deterioro pronunciado frente a Australia, Canadá y Perú, que presentan mejores indicadores.
La llamada “maldición de los recursos naturales”, según la cual su abundancia dificultaría diversificar y sofisticar la economía, no basta para explicar esta trayectoria. La electrificación global para enfrentar el cambio climático ofrece a Chile una oportunidad extraordinaria. El auge anterior impulsó el crecimiento mediante una mayor inversión, pero ocultó una crisis de productividad y el estancamiento del volumen, la sofisticación y la diversificación de las exportaciones.
Australia y Canadá muestran un camino. Por décadas han impulsado clusters basados en recursos naturales, especialmente mediante encadenamientos aguas arriba: proveedores de servicios tecnológicos que resuelven desafíos de las industrias primarias. Así han desarrollado una oferta exportadora sofisticada, intensiva en capital humano calificado y capaz de generar empleos de calidad. Los recursos naturales pueden ser una plataforma para diversificar la economía y exportar conocimiento.
¿Por qué en Chile ha sido difícil? Por una parte, las políticas públicas no han perseverado en fortalecer proveedores tecnológicos capaces de abordar los desafíos de productividad y sustentabilidad de sectores como la minería y la salmonicultura. Por otra parte, existen obstáculos en la relación entre ciencia e industria. La elevada productividad científica de nuestras universidades tiene un impacto insuficiente en el desarrollo del país. Los incentivos de la carrera académica privilegian las publicaciones y reconocen poco la innovación y la transferencia tecnológica, la colaboración empresarial y la solución de problemas productivos.
A ello se suma una demanda empresarial insuficiente por innovación. El problema está tanto en la oferta tecnológica como en la capacidad empresarial para desarrollarla.
La política pública debe fortalecer el vínculo entre ciencia e industria. Reducir el presupuesto de ciencia, tecnología e innovación agravaría el déficit. Se requiere especializar a Corfo y ANID, evitar superposiciones y promover la I+D universitaria con cofinanciamiento y participación efectiva de las empresas. También se necesitan centros traslacionales que conviertan conocimiento científico en tecnologías e innovaciones. Hay que priorizar proveedores innovadores y alinear los incentivos universitarios con la transferencia de conocimiento. Convertir nuestra riqueza natural y científica en nuevas exportaciones exige continuidad de las políticas públicas, coordinación entre universidades, empresas y Estado, e incentivos a la innovación empresarial.